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entrevista al traumatólogo de la clínica mayo

Miguel Cabanela, cirujano del Rey: «En la primera cirugía no sabía lo que me iba a encontrar»

Es el médico que ha liberado al Rey de unos dolores «que le estaban matando», como confesó Don Juan Carlos

Miguel Cabanela, cirujano del Rey: «En la primera cirugía no sabía lo que me iba a encontrar» josé ramón ladra

NURIA RAMÍREZ DE CASTRO

Cuarenta años en Estados Unidos no han sido suficientes para robarle a Miguel Cabanela su acento ni su sorna gallega . «No sé lo que hace un Rey », soltó a los periodistas tras operarle por primera vez la cadera el pasado 24 de septiembre. Ahora, con la infección curada acaba de colocar a Don Juan Carlos la prótesis definitiva, una más de las 10.000 que ha puesto a lo largo de su vida profesional. Pero esta ha sido especial. A sus 71 años, Miguel Cabanela (Mondoñedo 1942) reconoce que s e ha sentido presionado , más que cuando ha operado a otros VIP , desde jeques al propio vicepresidente de Estados Unidos.

-Era raro que en los años 60 un médico español decidiera cruzar el Atlántico y formarse en Estados Unidos. ¿Cómo tomó esa decisión?

-Mi padre era cirujano y siempre quiso que me formara en el extranjero, pero él siempre pensaba que la mejor elección era Alemania. De hecho, aprendí alemán para poder especializarme al terminar la carrera y me fui, pero me di cuenta de que allí no estaban más avanzados. Después hice un año de posgrado en Santiago de Compostela y allí es cuando decidí irme a Estados Unidos. Estudié inglés rápido y no me costó mucho trabajo leerlo y escribirlo; hablarlo ya fue otra cosa.

-¿Cómo recuerda aquellos años de formación en la Clínica Mayo?

-Fueron años muy duros, pero lo recuerdo con cariño porque aprendí mucho. En aquella época nacieron mis hijos. Yo estaba trabajando en un servicio que me estaba deslomando. Salía del hospital a las 3 de la mañana y volvía a entrar a las 6 de la mañana. A mis hijos los veía el fin de semana, y cuando los veía el pequeño lloraba porque no sabía quién era aquel tipo.

- Y, poco a poco, fue escalando hasta convertirse en el «número uno» de la cirugía ortopédica que es.

-No diga eso, por favor (interrumpe). En España se está obsesionado con tener siempre al primer espada. Pero, por Dios, hay cientos de personas que hacen las cosas bien. Para ser cirujano ortopédico solo se necesita tener un par de manos un poco hábiles, no hay que ser Einstein.

-Pero cuando hay un caso complicado en la Clínica Mayo a quien llaman es a usted, a «Mike» Cabanela.

-Sí, bueno, pero eso es una de las cosas buenas de Estados Unidos. Cuando alguien se hace especialista, para eso está, para hacer los casos que más se relacionan con su subespecialidad. Yo he desarrollado ciertas facetas de la cirugía de la cadera y es lógico que me envíen a esos enfermos.

-¿Por qué eligió traumatología?

-Por un cirujano ortopédico judío, Marvin Du bansky, que conocí en un hospital de Iowa. A ese centro llegué para hacer un año de internado rotatorio antes de especializarme en la Clínica Mayo. El doctor Dubansky era un gigante de cuerpo y de espíritu. Nadie me ayudó tanto como él. Fíjese, me agarraba la mano en la que tenía el bisturí y me guiaba para sacar un menisco de la rodilla. Esto yo no lo había visto antes.

Alguien que de una forma tan generosa me ayudaba tanto. En realidad, yo siempre quise hacer cirugía general, como mi padre. Pero Dubansky tenía un entusiasmo tan grande por lo que hacía, que consiguió contagiarme. Por otra parte, me gusta hacer cosas con las manos y la cirugía ortopédica es una de las especialidades donde uno puede hacer más carpintería, carpintería de los huesos. Además, conozco muy pocos cirujanos ortopédicos que no sean felices.

-¿Y lo ha conseguido? ¿Es feliz operando?

-He tenido una vida que no cambiaría por nada. He cometido errores como todo el mundo, pero si volviese a vivir volvería a hacer lo mismo.

-¿Sigue disfrutando con la cirugía?

-Ahora hago menos. Podría seguir trabajando en la Clínica Mayo porque en este centro no hay una edad obligatoria para retirarse, pero siempre quise operar en países pobres y no podía compaginar las dos cosas. Primero pensé en retirarme cuando cumpliera los 62, luego a los 65… y por fin a los 67 años pensé que ya era el momento. He estado en Vietnam el año pasado y en Ghana ; ahora acabo de regresar de Kenia, donde he estado diez días operando… También voy con mucha frecuencia a América Central porque está más cerca y los viajes son relativamente baratos. Eso es importante porque todo lo pago de mi bolsillo.

-Pero ¿sigue perteneciendo a la plantilla de la Clínica Mayo?

-Sí, sin sueldo. Participo en el programa de entrenamiento de residentes y entro y salgo cuando quiero. Soy libre. Es la primera vez en mi vida que no estoy a las órdenes de alguien. Bueno, salvo de las de mi mujer (risas). Mi grupo de cadera y rodilla es un grupo único en el mundo. Todos somos cirujanos reconocidos, pero además somos amigos. Esa es una de las razones por las que nunca he podido irme de la Clínica Mayo. He recibido muchas ofertas , pero he sido incapaz de dar el salto. Es impagable ir a trabajar con gente a la que quieres y respetas.

-Supongo que en España también le habrán intentado fichar...

-Sí, claro, he tenido ofertas de los grandes hospitales de Madrid y Barcelona.

-¿Algún día pensó en volver?

-Sí, de hecho volví al terminar mi entrenamiento en la Clínica Mayo. Estuve poco menos de dos años trabajando en Barcelona, en la Clínica Quirón y en el Hospital de la Cruz Roja. Pero entonces no había el potencial quirúrgico que hubo después y me volvieron a llamar de la Clínica Mayo. La diferencia era entonces muy grande, hoy no la hay prácticamente. Ni en talento quirúrgico ni en conocimiento.

-Tiene fama de tener mal genio en el quirófano, pero también de ser un médico muy cercano con sus pacientes.

-Bueno, sobre todo con los viejitos. Una de las cosas que más me gusta de practicar la medicina es ser médico, y para mí eso es tener contacto, ganar la confianza del paciente. Me gusta tener al paciente contento, y eso no quiere decir que de vez en cuando no les chille. A algunos les he llegado a llamar gordos . Y mis residentes se quedaban pasmados porque después estos pacientes me daban las gracias.

-Esa forma de comportarse con sus pacientes, ¿es el sello Cabanela? A su padre se le recuerda igual en su pueblo natal, en Mondoñedo.

-Bueno, él también les daba unos gritos terribles cuando le venían a buscar a las 3 de la mañana, aunque al final acababa poniéndose los pantalones para ir a la casa del aldeano para ver al enfermo.

-Usted ha seguido la tradición. Cuando vuelve a su pueblo de vacaciones, también pasa más tiempo pasando consulta que descansando.

-Sí, me prometí a mí mismo ir menos tiempo por eso. Pero pasado el tiempo me di cuenta de que era inevitable. Lo malo es cuando me piden consejo para cosas que no son de mi especialidad y no las puedo resolver.

-¿Qué pensó cuando le llamó la Casa Real para pedirle que viera a Don Juan Carlos?

-Yo no sabía lo que le pasaba al Rey, salvo lo que la prensa decía. Que le habían operado varias veces , que había tenido problemas… eso, además, de los rumores que había en la comunidad ortopédica. No me sorprendió que me llamara porque yo conocía a Su Majestad desde hace años. El doctor Figueras, con quien trabajé en Barcelona, era muy amigo de Su Majestad y él me había consultado por una lesión que sufrió el Rey en la rodilla esquiando hace mucho tiempo. Me imaginé que fue por aquel primer contacto.

De hecho, tengo una anécdota: un año después de aquella consulta me llamó a mi casa para felicitarme en navidades y para darme las gracias porque se encontraba muy bien. Todo un detalle. Pero yo no estaba y lo cogió mi mujer. Don Juan Carlos se presentó diciéndole que era el Rey y ella pensó que era alguien tomándole el pelo. Estuvo a punto de decirle: «Sí, y yo la Reina».

-¿Con Don Juan Carlos ha sentido más presión que con otros pacientes?

-Qué pregunta, ¡pues claro!

-Bueno, otros médicos han dicho que ha sido como un paciente más...

-Pero ¡cómo no se va a sentir más presión¡ Yo he tratado a jeques, incluso a vicepresidentes de Estados Unidos, pero es distinto. A ellos les he operado con muchísima más tranquilidad. Una cosa es operar al vicepresidente de Estados Unidos y otra operar al Rey, como español que trabaja fuera y le llaman por este motivo. Es difícil aislarse. A quién no le importa la opinión pública. Pero pensaba: «Tengo 71 años y mi carrera ya está hecha. A mí no me va a cambiar nada. ¡Qué daño me puede hacer!». Eso me ha ayudado bastante para disminuir un poco la tensión en el momento de operar. Yo tengo un poco de hipertensión y esos días seguro que la tenía por las nubes.

-¿También se ha sentido así en esta segunda intervención?

-No, esta segunda cirugía era más fácil, más reglada. En la primera operación no sabía exactamente lo que me iba a encontrar. Y, además, Su Majestad está ahora en mejores condiciones de salud.

-En estos últimos dos meses se ha visto un gran cambio, tiene un aspecto más saludable, hasta parece más joven.

-Sí, ha perdido peso, no está hinchado y sus analíticas son normales. El Rey tiene muy buena salud general para un hombre de su edad. Su problema es la maquinaria, que se ha desgastado porque ha sido un hombre tremendamente activo.

-¿Habrá que revisar otras cosas de esa maquinaria que también está muy operada?

-Bueno, son sus dos caderas, la espalda, la rodilla….No sé, no se puede predecir el futuro, pero confío, creo que sus caderas le pueden durar toda la vida, y lo mismo su rodilla.

-¿Cómo ha visto hoy (por ayer) al Rey?

-Está muy bien. Empezó el viernes a caminar, ha caminado bastante y está sin dolor. Es muy buen paciente. El Rey ha demostrado un gran coraje.

-Seguro que no es ajeno a las críticas que surgieron en España por su elección. Parecía que no había médicos preparados para tratar una infección de cadera como la de Don Juan Carlos.

-Esa pregunta es fácil de contestar: el Rey puede elegir a quien le parezca. Y me eligió a mí, y para mí fue un honor.

-También operó con otro colaborador de la Clínica Mayo, otro mensaje de desconfianza hacia los médicos españoles.

-Yo necesitaba soporte «familiar» dentro de mi entorno ortopédico. El doctor Trousdale se ha entrenado conmigo y es uno de los mejores cirujanos de cadera del mundo. Me sentía más cómodo con alguien con quien he estado trabajando veinte años.

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