Tenis
Un día en Wimbledon
En esta edición de 2023, unas 40.000 personas pasan cada día por el All England Lawn Tennis Club, donde disfrutan de una jornada de tenis en la que no faltan el sol, la lluvia, las fresas con nata, las colas o el champán
Djokovic, maestro de la presión

«This is the District line train to Wimbledon» ('Este es el tren de la línea District a Wimbledon'), celebra la voz femenina del metro de Londres, cantarina en la palabra Wimbledon. En estos días, estos trenes aparecen con más asiduidad que en cualquier ... otra época del año, y van más llenos de lo habitual. Y se identifica enseguida al personal que toma estos vagones en dirección al tenis: bolsas de picnic, gorras, camisetas o mochilas con el distintivo de Wimbledon; algunos muy trajeados, otros de bambas y pantalón corto.
Todos se levantan cuando la voz del metro anuncia «Próxima estación Southfields». Porque no es Wimbledon la parada donde está el torneo, sino un par antes. Importante saberlo porque el trayecto de vuelta, andando, es una media hora de subidas y bajadas. Pero no hay pérdida: la estación de Southfields llama la atención con los bancos forrados de verde y morado, el suelo enmoquetado de verde como si fuera una pista y carteles de jugadores. No hay pérdida.
Tampoco la hay a la salida del metro, donde aguardan los revendedores de entradas. Especialmente típico un hombre con el pelo rapado, con forma de pelota de tenis, teñido de amarillo. «Do you want tickets?» ('¿Quiere entradas?'), recibe al personal.
No son los únicos que hacen lo que pueden por llevarse un dinero del evento tenístico del año en Londres. A pocos metros de distancia, se apuestan diversos carruajes tirados por bicicletas que acercan, previo pago de unas 2,5 libras, al espectador hasta la entrada de Wimbledon; el paseo a pie son entre 10 y 15 minutos, dependiendo de si el sol o la lluvia aprieten o no.

No obstante, el paseo también deja algunas estampas típicas de este torneo. A ambos lados de la calzada, reorientada para la ocasión, casas de pocas alturas y chalets y en algunos de ellas, algunos sacan el negocio a la calle. Como la casa que alquila su patio de entrada para aparcar todo el día por 30 libras, o los que organizan un tenderete con sombreros para cobijarse del sol durante los partidos. Y para que el tráfico no se interrumpa, ahí aparecen diferentes trabajadores que, con cuerdas, impiden o permiten la circulación de coches y peatones. Todo es orden en Wimbledon.

A escasos metros de llegar a una de las entradas, el personal se bifurca: los que tienen entrada (pagada o invitación) continúan hacia delante; los que no la tienen cruzan a la otra acera, donde un cartel y varias personas les señalan dónde empieza la cola para los que van a probar suerte: esperar una entrada del día que ha sido devuelta por alguien que no podrá finalmente acudir. Es la llamada The Queue y es algo tan tradicional como Wimbledon mismo.
Para evitar los avatares de esa lista de espera analógica, que puede ser de varias horas y quedarse al final uno sin premio, la organización ha ido cada año aumentando la oferta de entretenimiento: pequeños conciertos, carpas con juegos, sombras y bebida mientras se va adelantando puestos hasta llegar a los guardias que señalan a los agraciados con un boleto agraciado.

Los afortunados que pueden acceder al recinto, con entrada comprada de antes o con la adquirida por suerte y paciencia en ese mismo día, son recibidos por unos estrictos controles de seguridad. Se registran las mochilas y los bolsos. Si llevas ordenador, te pueden obligar a encenderlo. Si llevas agua, te harán beber un trago.
En Wimbledon está permitido entrar con comida. Es habitual ver a la gente hacer picnic en la colina de Henman, rebautizada 'Murray' en honor al campeón de dos títulos en estas pistas. También se permite entrar con botella propia y hay fuentes para rellenarla por doquier. Gratis. Como también hay espacios para comer, sentarse y descansar sin tener que consumir.
Tumbados, con mantas y bajo paraguas, primero por el sol, después por la lluvia que esto es Londres, los espectadores con entrada de paseo (sin acceso a las pistas) ha disfrutado del encuentro en pantalla grande que protagonizaban Iga Swiatek y Elina Svitolina. La ucraniana ha batido a la número 1 por 7-5, 6-7 (5) y 6-2. Una victoria mayúscula toda vez que hace nueve meses, Svitolina daba a luz a su hija Skai.

Para pagar están los estands de bebidas (agua de 75cl por 2,65 libras, botella de champán de 20cl por 27 en botellas forradas con fundas que asemejan a una pelota de tenis, o entera por 95 o de Albariño por 38) y los de comida, para todos los gustos y bolsillos: bocadillos y perritos a partir de 5 libras, platos combinados por 20, y caja de fresas (10) con nata, por 2,50. Y también, claro, está la tienda oficial. Con recuerdos en morado, blanco y verde a precio de... Wimbledon.
Por si hay alguna duda, hay mostradores de información en puntos estratégicos. Y también, mucho más tradicional, el espectador se encuentra con stewards, socios honorarios que, vestidos de traje y gorro, lucen brazalete y sonrisa para ayudar a quien lo necesite, incluso a hacer una foto frente a la estatua de Fred Perry o en la puerta del All England Lawn Tennis Club. También te recuerdan que por Wimbledon no se puede correr, que este no es cualquier torneo.

Por los pasillos el ajetreo de una pista a otra, o a las de entrenamiento, es constante. Y el espectador puede cruzarse con el desfile militar de los recogepelotas, prohibido salirse ni un milímetro, o con extenistas de la talla de Mats Wilander, Ivan Ljubicic, Conchita Martínez o Albert Costa, muchos de ellos comentaristas en diferentes televisiones del mundo, que pasan inadvertidos entre el público más joven y se paran con gusto para hacerse fotos con el público de más edad.
También es posible acercarse a ver a los tenistas del hoy, pues un pasillo conduce a las pistas de entrenamiento donde en la jornada de mañana se puede tener la suerte de ver en el mismo espacio-tiempo y con solo unos metros de distancia a Daniil Medvedev, Ons Jabeur, Andrey Rublev y Novak Djokovic, o su hijo, que ya muestra muy buenas maneras. De vez en cuando, algún espectador es 'atropellado' por guardias de seguridad que custodian a los tenistas cuando tienen que pasar por las calles del recinto, aunque lo normal es que se trasladen por zonas de jugadores, y por túneles, totalmente prohibidas a los simples mortales.
También es muy normal cruzarse con personal del ejército, de tierra, mar o aire, pues fueron ellos los que custodiaron el torneo en la Segunda Guerra Mundial y ahora son los que custodian las pistas, bien para proteger la seguridad de los espectadores en las gradas, bien para proteger a los tenistas durante los intercambios en sus partidos.

Aunque quien de verdad vigila las pistas es Rufus, el halcón que sobrevuela el recinto evitando que acudan palomas a comerse el césped que ya comienza a deteriorarse en las zonas donde los jugadores más acostumbran a pisar.
Swooping into the weekend like 💁♀️ pic.twitter.com/acZZ6S9VXV
— Rufus The Hawk (@RufusTheHawk) July 8, 2023
No se olvide que el juez de silla indica en cada partido a los jugadores que está prohibido destrozar la hierba a sabiendas. Así es como Mirra Andreeva se llevó un castigo en su encuentro ante Madison Keys. La jueza le quitó un punto al considerar que había lanzado la raqueta al suelo y, por tanto, había dañado la hierba a sabiendas.

Dentro de las pistas, sobre todo las centrales, el silencio es casi absoluto. Se penaliza con silbidos y malas caras los gritos a destiempo e incluso que se descorche champán cuando los jugadores están a punto de sacar. Solo la pista central y la 1 tienen techo, por lo que son las únicas que se salvan de una de las constantes en Wimbledon: la lluvia. El inicio de esta edición fue un caos en ese sentido, con multitud de cancelaciones los primeros días que obligaron a posponer a la jornada siguiente la resolución de muchos de los partidos. También Alcaraz lo sufrió, pues su segunda ronda fue el viernes y no el jueves, y tuvo que jugar la tercera solo un día más tarde.
El espectador puede recuperar el dinero si no ha podido disfrutar de más de una hora de partido por la lluvia (si se han jugado menos de dos horas, el reembolso será de la mitad del precio de entrada). Pero no se recupera si la causa de la suspensión es el toque de queda: esas 23 horas que establece Wimbledon para que los espectadores puedan llegar a sus casas sin contratiempos, y en transporte público, y se respete el descanso de los vecinos. Así, hubo quien se quedó con los primeros dos sets del encuentro entre Djokovic y Hurkacz y los espectadores que tenían entrada para el día siguiente obtuvieron de recompensa esos dos sets más del serbio y el polaco.
También hoy estuvo el serbio en escena, llena esa pista central en la que no ha perdido en 44 partidos. Suma su triunfo 33 seguido en este torneo en el que se ha ganado a pulso un espacio en el corazón de los aficionados. Ataviados con camisetas con su cara, tanto dentro de la pista como fuera, celebran su pase a la semifinal después de ganar a un sólido Andrey Rublev por 4-6, 6-1, 6-3 y 6-4.
La jornada en la pista central se termina con este partido, pero el personal puede continuar en el club disfrutando de los partidos 'al aire libre', como los dobles o el circuito júnior, de donde saldrán las estrellas del futuro. Puede que alguien que haya estado hoy en el All England Lawn Tennis Club disfrutando de un día de tenis se lleve a casa el autógrafo de ese número 1 del mañana. Mañana, otras 40.000 personas tendrán la misma oportunidad de vivir un día en Wimbledon.
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