Faena de Campanillas de Emilio de Justo en una brava y gran corrida de Victoriano del Río
El exremeño corta dos orejas al toro más completo del conjunto ganadero sin salirse de sus cánones clásicos y sale a hombros en Pamplona
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«¿A qué hora empieza el rodeo?», preguntaba una norteamericana en el baño de la sección 2 de la andanada. Gato por liebre le dio algún reventa espabilado: «¿En qué turno va Roca Rey?». Ay, señora, que el peruano no se anuncia hoy (por ... ayer). Con gesto serio, abandonó la fila del lavabo y se fue a buscar al que la timó. «¡Suerte!», le desearon. De premio de lotería fue luego la notabilísima corrida de Victoriano del Río, brava y con el triunfo en sus embestidas. Sólo el cuarto y, especialmente, el sexto –el único con el hierro de Cortés– bajaron el gran nivel de una divisa que recogió por la mañana el premio al animal más bravo de la última edición. Candidata es ya al del toro y al del conjunto ganadero.
Entre los de luces, marcó diferencias Emilio de Justo, que no se desvió en ningún instante de la senda clásica. El extremeño no toreó para las peñas: toreó para el toro y para sí mismo. Sin salirse de esa vereda fue el triunfador, no sólo por las dos orejas que cortó al excelente quinto, sino por la dimensión que ofreció. Por la puerta grande se marchó con el doble trofeo, aunque más abultado debió ser su marcador. Pero Pamplona no perdona que un toro tarde en doblar. Pamplona, ese que llaman ‘el gache más grande del mundo’, no entiende que un toro se pueda tragar la muerte por su casta brava. Pamplona, donde el nivel de afición de algunos peñistas es similar al de los comentaristas de los encierros de RTVE –donde no distinguen un toro de un cabestro y un torero de un pastor–, premia más un bajonazo rápido que un estoconazo lento. Sincero se tiró a matar el extremeño al segundo, un toro costoso y exigente con el que anduvo soberbiamente, exponiendo mucho.
Sonaba ‘el Rey’ mientras el de Torrejoncillo toreaba a la verónica y el toro embestía con tanta codicia y entrega que se pegó un volatín. Muy abierto de cara y precioso de capa, se arrodillaba, más que por falta de poder, por la propia potencia y ese impulso en las dobladas del prólogo, donde sobró un tirón. Todo lo exigía por abajo, y con templanza, el encastado animal, mejor por el pitón derecho, pues por el zurdo se tragaba dos, se vencía y se quedaba más corto. Estribor era su lado, por donde iba más largo, por donde la faena adquirió verdadera importancia, con rotundidad y mando. Y por ahí abrochó con unos derechazos sin ayuda, al natural, abandonado y sintiéndose hasta el pase de pecho, que los deletrea en todos los idiomas. Porque todo el mundo los entendía, los de la tierra y los guiris. Se presentía el trofeo, pero como Cantaor tardó en doblar tronaron los abucheos. Era para que Emilio dijese lo que aquel en la Feria de San Isidro: «En Pamplona, que ‘atoree’ San Fermín».
Pero, no, al espada cacereño se le veía feliz en la plaza. Era fiel a sí mismo y no necesitaba nada más. Y por ese camino arrancó las dos orejas al quinto, el más completo del conjunto ganadero, un ejemplar fabuloso. Más voluminoso que sus hermanos –pesaba más de seiscientos kilos–, a Emilio pareció gustarle desde los inicios, sin perder detalle de la lidia. Y lo brindó al público para regalar de aperitivo todo su clasicismo. Inteligente, fue clave el manejo de los tiempos y las matemáticas de las distancias. Ligadas y reunidas brotaban las tandas diestras. Y con temple exquisito los naturales, con menos estrecheces para no atosigar a Campanilla, que así se llamaba el victoriano. De Campanillas su faena. Sonreía el matador y ofrecía el pecho en una obra de categoría, con momentos al ralentí. Qué profundidad y fijeza tenía este número 179, con el que cada vez se relajó más. Abandonado su cuerpo, sin abandonar sus cánones, que tanto admiran a Joselito (Arroyo). Sabroso el broche de ayudados por abajo, torerísimos: un final que hubiese encandilado a la Cibeles y a la Giralda. Un estoconazo marca de la casa puso fin a tanta vitola mientras aguardaba la muerte de Campanilla rodilla en tierra. Por suerte para el marcador, el cinqueño no se demoró mucho en doblar y el doble premio cayó con justicia.
Una oreja se trabajó Ginés Marín del tercero, de menos volumen pero con un tremendo derribo al picador, acogido con algarabía por las peñas. El aplauso a los monosabios sonó como si hubiesen levantado un monumento cuando pusieron en pie al jaco. Con prontitud se había arrancado Esperón antes de un fenomenal quite –a más– de Ginés Marín, que ansiaba el triunfo y se hincó de rodillas entre las rayas rojas. Vibrante y arriesgando en la espaldina; con un bonito desdén mirando al tendido. Humilló este Esperón por el pitón izquierdo, donde trazó buenos naturales, alargando el viaje. Como el toro perdía a veces las manos, no terminaba de calar aquello, pero las valientes bernadinas y el espadazo desataron la pañolada. Luego pechó con el garbanzo negro, un deslucido sexto en el que le pidieron abreviar cuando algunos comenzaban ya a abandonar las gradas. Jugaba España, a la que animaban en la andanada, mientras mentaban a la madre de Mbappé...
Feria del Toro
- Monumental de Pamplona. Martes, 9 de julio de 2024. Quinta de feria. 'No hay billetes'. Toros de Victoriano del Río y Cortés (6º), serios, de notabilísimo y bravo juego, salvo el más deslucido 6º y el 4º; destacaron el extraordinario 5º, 1º , 2º y el zurdo del 3º.
- Sebastián Castella, de grana y plata: pinchazo, otro hondo en los bajos y estocada (silencio tras aviso); cuatro pinchazos, media y descabello (silencio tras dos avisos).
- Emilio de Justo, de verde y oro: estocada en el rincón (silencio tras aviso); estocada (dos orejas).
- Ginés Marín, de verde y oro: estocada en el rincón (silencio tras aviso); estocada (dos orejas).
Correcto, sin más, anduvo Castella con un primero de mucha clase, con un fondo de casta que respondió mejor cuando lo apretó a última hora. Quizá no lo hizo antes para dosificarlo, pero la sensación es que no terminó de acoplarse ni dar el paso al frente con Jabardillo. Una voltereta se llevó del altote y menos agraciado Pocosol, que no se empleó de primeras, pero luego fue agradecido en las manos del francés, que anduvo de pinchaúvas y alargándose lo que no está escrito, sin percatarse de que la gente quería ver el partido.
Qué orgullo sentiría Luis de la Fuente con la gloria de su torero, y amigo, Emilio de Justo. Emocionado se marchó en volandas, alzando los brazos al cielo en medio de una marea blanca y roja. Allí, en la Puerta del Encierro, andaba la norteamericana, que ya tenía a otro matador al que seguir. Y ganadería: ¡qué gran corrida de toros!
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