El Juli se consagra en su propia sangre

Cuando se torea tan asentado sobre las zapatillas, cuando un torero sale tan convencido y entregado como El Juli, el camino se bifurca hacia Alcalá o hacia el dolor que representa la cara amarga de la Fiesta. La mala suerte quiso que El Juli viviera el lado trágico, la cornada extensa como una boca de Metro que le consagra en su propia sangre.
Toreaba volcado sobre la mano izquierda. De verdad. Ofrecía El Juli los muslos a aquel toro de irreprochable trapío, largo como el AVE, hondo como el océano, alto como él. Y se le venció a mitad de viaje. Corrían los primeros compases de la faena, y el pálpito de la gravedad sobrecogió los tendidos desde el instante del dramático vuelo. Cayó Julián a plomo, a merced del guardiola, que buscaba con saña la yugular, la carótida o el pecho. No sé si será la angustia, pero a uno siempre cacula en una eternidad el tiempo que tardan las cuadrillas en llegar al quite. Y cuando lo hacen a nadie se le ocurre tirar un capote a la cara de la bestia. Allí saltaron también Manolo Lozano y El Soro. El Juli quiso incorporarse, le fallaron las piernas y se derrumbó como un naipe o una hoja. En manos de la camilla humana, por el callejón, se apreciaba el desgarro del muslo, como si una cuchilla le hubiera rasgado el cuádriceps. Pese a la imagen de las carnes escupiendo carne, no se apreciaba una hemorragia torrencial que hiciera presagiar una extrema gravedad.
Hasta la cogida, El Juli había estado perfecto. O casi. Atento a todos los lances de la lidia, presto al quite florido y al de socorro, colocado en el lugar exacto, para echar una mano al picador o fijar al toro en el caballo con los capotazos justos.Los sanedrines de conspicuos sabios quieren arte. Pues ahí tienen el arte de la lidia, la variedad y el dominio de los tercios.
COMO UN ÁNGEL DE LA GUARDA
Desde las verónicas de recibo —lástima que los pitones tocaran el capote y ensuciaran un par de ellas— se palpó la disposición de Juli, que se embraguetó con el toro, muy de frente, embarcándolo por delante. Ojo cómo entiende la verónica este torero, a quien le fallará la estética de su cuerpo, pero no la del lance, que es lo que cuenta. Colocó al de Guardiola en el caballo y luego se lució por villaltinas o tafalleras, hasta rematar con una tijerilla. En el siguiente puyazo, descabalgó el inmenso burel al piquero, que se descolgó hacia delante peligrosamente. Como un ángel de la guarda, su matador le ayudó a recuperar la compostura.
Y luego banderilleó. Mandaba en el ruedo como los grandes y ordenó taparse a los peones esta vez. Quería hacer las cosas acorde a los cánones de la Tauromaquia. Le esperó mucho el toro en el primer par, que derramó autenticidad a espuertas; apuró mucho, de poder a poder, en el siguiente, que clavó con enorme esfuerzo para superar la altura del toro, que además echaba la cara arriba; el tercer encuentro lo afrontó muy en corto, con un valor a prueba de bombas, pero no lo redondodeó y sólo colocó un arpón. Aun así, fue la vez que más puro le hemos visto con los palos. Sí, le gritaron que los tres pares fueron por el pitón derecho, mas el otro día se sucedió el tercio completo por el izquierdo, y nadie le dijo nada.
No cerró al toro, y pronto presentó la izquierda en los medios, dispuesto a todo. La serie despidió firmeza y pronosticaba un triunfo grande, como los siguientes naturales. Hasta que vino la cornada, herida que huele a triunfo, estigma de quien, sin anuncios de autoinmolaciones ni aureolas de dramatismos previos, saltó al ruedo a torear y a darlo todo. ¡Qué paradojas esconde la vida! ¿Verdad?
La corrida quedó marcada por el suceso, en una mano a mano descaifenado. Los guardiolas, de hechuras voluminosas y gigantescas, casi equinas, y caras desiguales, aparentemente manejables y con más miga de la que transmitían, no dieron juego lucido. Salvo el quinto, que puso a Víctor Puerto en disposición de alcanzar la gloria. Pero la cosa se quedó a mitad de camino, tras un inicio de rodillas y unos derechazos también de hinojos, meritorios y templados. Hubo redondos envueltos en la largura y la suavidad y un pase cambiado a la espalda que hilvanó con otros de corte clásico. En un visto y no visto, le rompió la taleguilla en una colada que superó con torería con ayudados y trincherillas. Pero la faena cogió la cuesta abajo, aunque mejoró la sensación de densidad causada en el anterior, un manso poco propicio.
Rivera Ordóñez le puso voluntad a la tarde. Su técnica precaria y su sentido de la colocación no le ayudaron mucho, la verdad, con el segundo, y se descubría ante un toro necesitado de que le empaparan su escasa fijeza en la muleta. Ante el cuarto y el sexto, al que recibió con una larga cambiada, no pasó de tesonero y vulgar.
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