Maria Callas, viuda de sí misma
la dorada tribu
Hace cien años nació una artista única. Desdichada en la infancia, desdichada en el amor, desdichada en la suerte diversa. Pero la ópera sería cosa distinta sin ella, porque en ella se concreta la diosa
Maria Callas vuelve a la vida en color y en 4K

A la Callas se le moría a veces Maria, la mujer, y a la mujer Maria se le fue muriendo la Callas, porque renunció al escenario por la coctelería con Onassis, y desde ahí se fue acercando al remoto retiro de la soledad trágica. ... Fue una viuda interior, una viuda de sí misma. Venía de una familia desportillada de afectos, con una madre tiránica y un padre que se dio el piro. Tuvo dos hombres principales, Giovanni Battista Meneghini y Aristóteles Onassis, en orden cronológico. Meneghini fue un amor de padre suplente, y Onassis fue después un amor caníbal, una pasión pirómana. Callas se levantó una mañana y eternizó el hastío conyugal con una brochazo brusco, según era vicio de estilo en ella: «Yo ya prefiero dormir con mi perro». Y cambió al perro por Onassis. Hoy cumplimos el centenario del nacimiento de Maria Callas.
Y hasta se acaba de repetir por ahí que se suicidó, porque la ocasión es apoteósica, y algo habrá que decir, por reanimar la ópera del patio. María Callas, en la vida en general, venía de pasarlo entre mal y muy mal, de niña, e iba para solitaria en París, donde murió con tormenta interior. Eso seguro. Los informes rubricaron «paro cardiaco», pero murió, en rigor, de aguacero íntimo, de estar lloviéndole siempre por dentro el tesón de la tristeza. Ni se repuso nunca de la madre cruel, ni tampoco de un veleidoso Onassis, que al final le salió un cruce de ambición siempre inquieta y gafas de ciego forrado que lo ve venir todo antes que nadie. Onassis convidó un día de verano a Callas a un crucero sexual, marido incluido. Y ahí prendió el idilio salvaje, con los cónyuges respectivos allí mismo, de asombrados testigos, y luego aquel idilio debilitó el estrellato de la artista, que le echaba más afición a las jaranas de consorte de millonario que a las partituras de intérprete eterna.
Y se tuteó con Grace Kelly, Rainiero, Audrey Hepburn, o Marlene Dietrich. Fue María desdichada en la infancia, desdichada en el amor, desdichada en la suerte diversa, en fin. Eso sí, la ópera sería cosa distinta sin ella, y quien dice la ópera está diciendo el arte mismo, en general, porque en ella se concreta la diosa.
Sobrada de talento
Llegó con la voz incalculable a firmamentos únicos. En lo alto del año 68, lo soltó en alguna confesión de diosa dañada: «No estoy hecha para la felicidad». La frase pudiera encerrar su biografía, a la que no hay frase o cosa que la encierre. La cosa desmesurada con Onassis vino a durar casi ocho años, y la cosa para la Callas tenía esperanzas de amor eterno y para Onassis la intuición insobornable de que puede cambiarse de mujer igual que se cambia de yate, aunque la mujer se llame María Callas. Como que la cambió Onassis por Jacqueline Kennedy, que tenía más dulce lámina y casi molaba más para apañar contratos en los cócteles, que es donde se reparten la prosperidad los muy ricos.
A los cincuenta y dos, solitaria como una luna, musa sólo de su melancolía, soprano de la amargura, llegó a confesarse viuda de Onassis, que ya había echado el ancla de su agitada existencia un tiempo antes. Pero era, una vez más, viuda de sí misma. Apenas duró la artista dos inviernos más. Algo dicen de ella aquellos versos bárbaros de Vallejo: «Me moriré en París con aguacero, un día del cual ya tengo el recuerdo». La Callas vivió igual que se apagó, tan sobrada de talentos como sobrada de desdichas. Amó sin consuelo. Hoy la celebramos. No hubo otra. Ni la hay. Fue única. Es.
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete