Murakami: «No tengo maestros ni discípulos, mi estilo es el murakaísmo»
Murakami, Princesa de Asturias de las Letras, repasó su obra y métodos en un acto en el Teatro Jovellanos de Gijón
El escritor japonés aseguró que sus libros nacen siempre de epifanías y que nunca sufre escribiendo
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No llegó a Oviedo bailando, como Meryl Streep, que amagó a las puertas del Reconquista con las gaitas y 'El saltón', conocedora ella de las reglas del juego, pero Haruki Murakami (Kioto, 1949) se sentó en el escenario del teatro Jovellanos de Gijón ... ante más de mil personas para hablar de literatura: no está mal para uno de los campeones de la liga de los tímidos, que a fuerza de esconderse se ha hecho gigante, casi mito. «Soy una persona íntima que escribe historias íntimas –le dijo por la mañana a la agencia Efe, en una de las pocas declaraciones que le regaló a la prensa–. Estoy feliz solo con tener conmigo libros, música y gatos». Tal vez por eso no se hizo rico con su bar de jazz pero sí con sus novelas.
El acto, eso sí, era de acceso restringido. Solo aceptaban miembros de clubes de lectura de distintas partes de España, en total noventa y tres. La norma era: nadie entre aquí que no sea lector. O algo así. A Murakami lo recibieron entre aplausos a la entrada del teatro, igual que a una 'rockstar', aunque de lo suyo. Él iba con chaqueta de cuello alto, pantalón teja y zapatillas de 'runner', como preparado para salir corriendo en cualquier momento (esa es otra de sus grandes aficiones, a la que le ha dedicado un ensayo, 'De qué hablo cuando hablo de correr'). Pero entró andando con parsimonia. Y se quedó. Aunque la captación (sic) de imágenes estaba prohibida.
«Hay mucha gente», comentó el escritor, ya en el escenario, escoltado por unas luces de neón rojas, muy él. La periodista Berna González Harbour era la encargada de interrogarlo por su obra, pero antes de entrar en harina... «¿Está a gusto en Asturias?» «¡La comida es buenísima!», soltó el hombre, juguetón, ante la carcajada del público. No fue la única risotada de la velada. La traductora del japonés ayudaba a la gracia. Y lo gozaba. ¿Es usted de los que disfruta escribiendo siempre o a veces sufre? «Es que yo escribo cuando quiero escribir, solamente escribo en esos momentos. Y cuando no quiero escribir no escribo, así que siempre disfruto muchísimo. Si me obligaran no disfrutaría tanto... Además, yo nunca he sufrido el bloqueo de escritor. No lo conozco».
Luego González Harbour le preguntó por la tristeza, y él respondió regateando: «Le doy mucha importancia al sentido del humor. Es mucho más importante que la agonía, que la soledad». En cuanto a su relación con el realismo mágico, y la posible influencia de ese género en su escritura, soltó: «No me gustan los 'ismos'. Respeto a García Márquez, a Vargas Llosa, pero mi estilo es el del 'murakaísmo'. No tengo maestros ni discípulos, estoy solo, tengo mi propio negocio». Entre la sequedad de las respuestas y el 'lost in translation' el espectáculo estaba asegurado.
De su rutina, Murakami repitió lo de siempre: que se levanta a las cuatro y media o cinco de la mañana, y que lo primero que hace es preparar café: la agitada vida del escritor, vaya. «Después me lo bebo, me siento ante el escritorio y me digo: '¿Cómo va a avanzar la historia hoy?' Es un momento que disfruto muchísimo. Y así cada día». ¿Nunca ha abandonado un proyecto por sentirse incapaz? «Creo que no. Una vez que empiezo llego hasta el final».
«No encuentro la inspiración corriendo», sentenció, yéndose a lo simple, antes de ponerse místico. «Llevo más de cuarenta años escribiendo, no sé cuántos libros me quedan por escribir, ni cómo van a ser... La tarea del escritor es crear algo, pero antes hay que esperar a ver si cae algo del cielo. Mi primera novela la escribí gracias a una epifanía. Desde entonces sigo esperando a que las ideas me caigan del cielo».
«Mi primera novela la escribí gracias a una epifanía. Desde entonces sigo esperando a que las ideas me caigan del cielo»
Haruki Murakami
Cuando salió el tema de su conexión con los jóvenes, recordó: «Tengo setenta y cuatro años, ya estoy mayor». Dejó un silencio para reír, y retomó el hilo: «Casi todas las personas conservan algo de su juventud en su interior, siempre. Y además, los jóvenes también entienden a los mayores. En mis novelas intento profundizar hasta el final de la conciencia humana, y ahí siento que podría ser una mujer, o un joven. Es así como escribo mis novelas».
Hubo tiempo para repasar su filias. Murakami aseguró que la primera novela que leyó fue 'Rojo y negro', de Stendhal, con doce años. Y que es una de las pocas personas en el mundo que ha leído 'Los hermanos Karamazov' cuatro veces. La literatura norteamericana, agregó, la descubrió en la adolescencia. «Dicen que 'Tokyo Blues' se parece a 'El guardián entre el centeno', pero son dos libros muy diferentes».
Fue una lectora la que rozó la polémica: ¿cómo afronta las críticas de quienes lo consideran un autor poco japonés? «Mi padre era profesor de literatura japonesa, y mi madre también, hasta que se casó. Así que claro, yo intenté alejarme lo máximo posible de la literatura japonesa. Por eso no me ha influido esa tradición. Por eso cuando empecé a escribir, mi estilo no tenía nada que ver con eso. Pero yo soy japonés, vivo en Japón, escribo en japonés y como comida japonesa. Tengo mi estilo, sí, pero lo japonés está en mi literatura... Ahora ya no me critican por eso».
En fin, solo faltó una pregunta. Aquella que Jesús Quintero le hizo a Borges al poco de sentarse ante él: «Yo no recuerdo bien, Borges, si usted ha ganado el Nobel o no. ¿Puede aclarármelo?».
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