Te voy a montar la charanga más grande del mundo
La España bizarra (II)
Amazon convierte las fiestas de Medinaceli en una gesta digna de un Récord Guinness al ritmo de 'Paquito el Chocolatero'
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La historia es caprichosa, pero el capitalismo más. Quiero decir que a Medinaceli se puede llegar con el ceño fruncido del académico para ver el imponente arco romano de la entrada, el único de tres vanos que queda en la Península, y desde lo alto ... del cerro contemplar el paisaje y gritar: «Y tú, ¿cuántas veces al día piensas en el imperio?». Se puede llegar, digo, rastreando las huellas del Cid (el poema, no el hombre, que ya será polvo de estrellas) como quien persigue fantasías o indios apaches; se puede llegar buscando la belleza de la piedra o del pasado, que fue celtíbero, romano, árabe y cristiano y constatar, poniendo la oreja en el suelo, la multiculturalidad española pre Lamine Yamal; y se puede llegar, por qué no, buscando un cristo, un palacio ducal o tal vez un tesoro. Unas migas castellanas, por ejemplo.
Se puede llegar, insisto, buscando todas esas cosas, y sin embargo…

Soria
Zaragoza
Medinaceli
Madrid
Fuente: Elaboración propia / ABC

Soria
Zaragoza
Medinaceli
Madrid
Fuente: Elaboración propia / ABC
Aquí no hemos venido a ver la historia, sino a ver cómo se hace, cómo se fabrica una gesta, un hito, un sueño. Esto es: cómo un pueblo logra entrar en el Libro Guinness de los Récords, la suma de delirios de un siglo por lo demás bastante soso.
Para empezar, hay que tener un propósito, como buscar una nueva ruta para el comercio de especias o, en este caso, ya que la pimienta sobra y está baratísima, montar la charanga más grande del mundo. Así, sin medias tintas: las hazañas son para los valientes, ni siquiera el cielo es el límite, dice Elon Musk. Después, claro, se necesita dinero, un patrocinador, y a falta de una corona que maneje el presupuesto de varios países está Amazon, que viene a ser lo mismo pero sin enfermedades hereditarias. Y por último hay que fijar un día D, o sea, hoy, un viernes de finales de junio en el que puedas juntar a doscientas sesenta y nueve personas traídas de todo el país con sus trompetas, saxos, bombos y demás instrumentos para tocar al mismo tiempo en la Plaza Mayor, epicentro de una vida que ya fue pero a veces resucita.
Ah, y para esto también hace falta una jueza de los Guinness y un público, porque si un árbol se cae en el desierto y nadie lo graba, ¿para qué talas el árbol? Así que Amazon llenó Medinaceli de influencers.
A las doce de la mañana caía un sol de justicia que no iba a llegar a la tarde y ya la charanga Pintakoda, de Sabiñánigo, cantaba y gritaba y coreaba «voy a reír, voy a bailar, vivir mi vida, la la la la». De pronto, un hombre soltó las muletas y se puso a saltar, como en los milagros del evangelismo (¡aleluya!). Una mujer paró a Xuso Jones para hacerse un selfi y soltó: «Ya me puedo morir». Y la charanga: «El pacharán, el calimocho, el licor 43». Era todo raro, folclórico, feliz. El cartel de conciertos nocturnos anunciaba a Chenoa, José de Rico y DJ Nano. Una niña preguntó quién era Chenoa y algo se rompió en alguna parte. Los Pintakoda tocaron Melendi y nadie preguntó nada.



De tanta música el día se fue nublando, y a las cinco de la tarde apareció Anouk de Timary con su chaqueta y su insignia de los Récord Guinness. Venía de certificar el récord de la distancia nadada más larga en una piscina a contracorriente durante veinticuatro horas y ahora le tocaba afinar el oído.
Timary recorrió el lugar comprobando con solemnidad el recinto donde se iba a juntar la muchedumbre, dio unas cuantas órdenes y montó un 'checkpoint' en una de las entradas a la plaza. Allí fue pasando lista a las treinta charangas y, por tanto, a los doscientos sesenta y nueve implicados en esta empresa, vigilando la proporción entre instrumentos, que por lo visto era fundamental. Estaba la Charanga Survivers, de Tomelloso, con un flamenco a modo de clave de sol; estaba La Joven Mafia; El Resacón; La Alternativa; Leña al Bombo… En la distancia, esta formalidad parecía una perfomance insuperable: era la broma infinita, la jarana tomada muy en serio, casi demasiado. Era el juego definitivo, una suerte de Grand Prix con orquesta y sin Ramón García. O mejor: un Bienvenido Míster Marshall actualizado. Igual de absurdo, de genial, de lúdico.
—Esto es como en la tele: escaleta y tatatá—, decía un enterado.
Un hombre (otro) dormita en un carrito de niño, preparándose para lo grande. Daban ganas de llamar a Sorrentino.
Las charangas se dividían entre las que habían serigrafiado camisetas deportivas y las que habían optado por el polo. Había mucha gorra, mucho pantalón corto, mucha mili de la noche. Había juventud presente y perdida, quizás encontrada en el fondo de una cerveza, y en ambas gastaban nombres de la misma guisa: Los Catedráticos del Ritmo, La Nota Charanga (estos apuraban la Estrella Galicia antes de firmar la lista), El Puntillo, El Copón Sostenido (no hubo premio al mejor nombre, pero ojalá), la Baloo's Band (que no paraban de cantar «busca lo más vital no más…»), La Lioparda… Tardaron más de una hora en fichar a todas las charangas, una hora de procesión lisérgica.
«¡El Xuso!», gritaba una banda, buscando el selfi.
Y ya iban sonando los grandes hits: 'Mi gran noche', 'Por la boca vive el pez', La Oreja de Van Gogh, Chayanne… Era música inmortal, clavada en lo más profundo del subconsciente colectivo, melodías endiabladas de las que solo hacía falta escuchar dos notas para completar el puzle y dejarse llevar. Resultaba difícil (os lo prometo) no pensar en Proust, que necesitaba explicar sus vicios musicales: «Detestad la mala música, pero no la despreciéis. Se interpreta y se canta mucho más y con más pasión que la buena, de tal forma que se ha ido llenando a poco a poco con los sueños y las lágrimas de la humanidad. Que por este motivo os sea venerable. Su lugar, nulo en la historia del arte, es inmenso en la historia sentimental de las sociedades». Era otra época, pero ahora hay quien hace teoría feminista del reguetón.
El sentido de la vida, quizás, era un señor con sombrero de paja apurando el cigarro mientras observaba el percal moviendo levísimamente su rodilla izquierda, seguramente dolorida por la artrosis, al ritmo de la charanga.
La 'speaker' gritó: «¡Estamos haciendo algo muy histórico!»
Llegó el momento de la prueba final. Las normas eran sencillas. Durante seis minutos, las doscientas sesenta y nueve personas tenían que tocar a la vez 'Paquito el chocolatero'. Después deberían hacer lo mismo con 'La amapola' y con 'La sandía'. Y ya. Nadie había intentado esto antes, pero desde Guinness tenían unas reglas severísimas: tenía que haber más de doscientas cincuenta personas tocando a la vez esas canciones durante el tiempo estipulado.
Al primer estruendo hubo una vibración en el pecho como de vida intensa. Era como escuchar una orquesta de entusiasmos, un sonido atávico, primigenio, la banda sonora de una danza alrededor del fuego, del primer fuego. Era una obra colectiva como una catedral, efímera como una rosa, absurda como un pangolín. Bailaron hasta los influencers, y un sonoro aplauso puso el punto y final del esfuerzo. En lo que revisaron la gesta, las charangas se pusieron con el «hemos venido a emborracharnos y el resultado nos da igual». Pero era mentira.
Un hombre cogió el teléfono. «Estoy donde las charangas, esto te hubiera encantado», dijo, más bien nostálgico, casi en un lamento amoroso.
Para cuando la jueza salió del palacio ducal para anunciar el veredicto, era imposible la negativa: ni se concebía. Hasta el alcalde botó para celebrar el récord, segundos después. Aquello iba a ser el inicio de la fiesta, pero muy de repente empezó a diluviar. Fue como si el clima estuviera aguantándose para no emborronar una bonita historia. Cancelaron los conciertos y la gente corrió a resguardarse bajo los aleros. Algunos huyeron cubriéndose las cabezas con bolsas de plástico.
«El culo lo llevo empapado, pero el pelo perfecto», presumía una influencer, ya en el autobús, en otra gesta digna de medalla o de canción.
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