LIBROS DE VINO Y ROSAS
«El tiempo es un canalla»
Jennifer Egan. Editorial Minúscula. 408 páginas. 20 euros.
“Pasan veinte años y ya no tienes tan buena pinta, particularmente si te han quitado la mitad de los intestinos. El tiempo es un canalla, ¿no? ¿No dice eso el dicho?”, suelta de pronto uno de los personajes ante los que Jennifer Egan (Chicago, 1962) va colocando cámaras y micrófonos, luces y taquígrafos, para capturar en pleno movimiento el siempre traumático y traicionero paso del tiempo y, ya puestos, ganar el Pulitzer de 2011 y birlarle a Jonathan Franzen ese National Book Critics Circle Award que todo el mundo suponía para “Libertad”.
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- Lee las primeras páginas de «El tiempo es un canalla» (PDF)
Salvas y vítores pues para una autora que se ha colado en la lista de las cien personas más influyentes del mundo, según la revista "Time" , pero que, por alguno de esos inexplicables fenómenos paranormales que de vez en cuando se dan en la industria editorial de nuestro país, ha tenido que esperar casi dos décadas para ver una de sus obras traducidas al castellano.

Pero el caso es que aquí estamos, con este tiempo canalla -o "cabró", si prefieren el aún más rotundo título de la edición en catalán- y una novela que no es una novela, sino trece relatos que funcionan de manera independiente -algunos ya aparecieron publicados en "The New Yorker" y en "Granta"- pero que giran en todos los casos en torno a Bennie Salazar, ex músico de punk reconvertido en productor mainstream. Él es el encargado de ir dando paso a amigos, amantes y mujeres en una sinfonía coral en la que sobresalen especialmente las voces de Sasha, la asistente cleptómana y desencantada; Bosco, el músico deshauciado que planea emprender algo así como la La Gran Gira Suicida; y Dolly, una publicista venida a menos que acaba resolviendo los problemas de imagen de un dictador genocida.
Esto, para entendernos, es como uno de esos viejos elepés, con su arco narrativo, sus caras A y B, sus estribillos memorables, algunos capítulos especialmente brillantes -como en un bueno disco, el arranque y la despedida son memorables- e incluso una desviación experimental que desemboca en ese célebre relato convertido en presentación de Power Point en la que un niño analiza la intensidad de las pausas de canciones como "Bernadette" o "The Time Of The Season".
Y todo mientras la acción avanza y retrocede desde los setenta hasta 2020 y los personajes se van erosioando y arreando memorables trompazos casi al mismo tiempo que se desploma la industria discográfica. Porque, en estos tiempos de penurias digitales, ¿qué mejor metáfora para ilustrar el despiadado y atroz paso del tiempo que una industria discográfica que en un par de décadas se ha hundido más que los muelles del colchón de Falete?
“El tiempo es un canalla. ¿Vas a dejar un que canalla te vacile”, suelta otro personaje casi al final, cerrando así el deslumbrante círculo de una obra de humor afilada y cortante, con constante idas y venidas entre Nueva York, California y Nápoles y brillantes retratos de los cambios culturales y la velocidad de las cosas en la era digital que le deja a uno con el pensamiento casi obsesivo de que alguien debería recuperar ya el resto de la obra de Egan.
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