ENTREVISTA
Andrés Trapiello: «Me gustan los escritores que mueren con las botas puestas»
El escritor leonés funda Ediciones del Arrabal con su esposa y sus hijos, una firma familiar donde aparecerán desde ahora sus míticos diarios ‘Salón de pasos perdidos’. Como primera novedad, ‘Quasi una fantasía’, nuevo tomo que corresponde a 2009

A diario, Andrés Trapiello escribe con letra diminuta en cuadernos de doscientas o trescientas páginas. En su casa hay un aparador lleno de esos tomos manuscritos que ha ido llenando, durante treinta años, de días grises y cantos de pájaros, de anécdotas y ... pensamientos que mueven a la reflexión y de tontos a la risa; las calles de Madrid , las cacerías en el Rastro, las nocheviejas en Las Viñas son un reflejo especular de la propia vida y la de la familia.
Todo empezó con ‘El gato encerrado’ (Pre-Textos, 1990) cuando su hijo menor tenía tres años. Hoy, 23 volúmenes después, publica ‘Quasi una fantasía’ (2021), que además inaugura la editorial familiar que los Trapiello (Miriam, su mujer, sus hijos Rafael y Guillermo, y él mismo) acaban de fundar: Ediciones del Arrabal.
Para llegar a ese arrabal subimos al piso de Conde de Xiquena que también sale en sus libros con la impresión de que nuestros pies suben tantos peldaños de realidad como de ficción. Abre la puerta hacia el ‘Salón de pasos perdidos’ , título genérico de la colección de diarios, y nos sentamos en el de su casa, junto al balcón por el que nos llega el sonido del Madrid en marcha, y cerca del modelo del Sinaia, el primer barco de exiliados españoles que llegó a México, por el que nos llega la historia. La luz acaricia algunos cuadros de Ramón Gaya , su mentor y amigo, y los libros de su estudio se asoman con ánimo de contar... cómo llegaron.
Sus diarios nacen mucho antes de la eclosión de esto de la autoficción, que Pozuelo Yvancos llama autofiguración...
Yo quería hacer una novela y entonces no sabía. Creía que la novela eran vidas, contar vidas. Y yo tenía la mía y la gente que me rodeaba. Desde entonces escribo un diario en primera persona, con nombres y detalles exactos, que diría Stendhal, y al cabo de cinco o seis, o doce años eso lo transformo en una novela. Todos esos personajes reales pasan a ser personajes de ficción. Casi todos citados con una X.
Algunos se reconocen en la X, de ahí algunas polémicas.
Sí hay gente, pero pasado un tiempo, todos X, o sea, todos calvos. Las polémicas a veces son infundadas. Cuando tú dices he estado con una buenísima persona, nadie viene a decir bien, muchas gracias. Pero si dices de manera vaga he estado con X, que es tonto perdido, verás a veinte que se postulan a la X convencidos de que estoy hablando de ellos. No es lo importante lo polémico, ni lo picante, ni lo escabroso, ni lo turbio. Esta novela trata de ser, lo más posible, una novela cervantina.
«Tengo bastante sentido del humor. Más difícil es encontrar sintonía. La gente que se siente víctima lo toma un poco mal»
El humor define a Cervantes y a usted se le conoce por la cortante ironía.
Tengo bastante sentido del humor. Más difícil es encontrar sintonía. La gente que se siente víctima lo toma un poco mal. En cambio los demás lo encuentran bastante divertido. La mejor crítica literaria que nadie podría hacer a ningún libro, por lo menos mío, es que le haya arrancado la risa y tres páginas después una lágrima. Los libros son emoción. Toman al lector en un punto y lo llevan a otro. Resulta al final un poco más comprensivo, o sabio, algo diferente.
Cervantes demuestra que la ficción no es inocua. No estamos a salvo cuando estamos delante de un libro. Las lecturas han hecho de Don Quijote como es, Sancho anda pendiente de darse un castigo por algo que inventó. Lleva usted treinta años haciendo el viaje entre la vida y la ficción, ¿cómo le afecta eso?
Miriam, mi mujer, escribió sobre el diario ‘M y su doble’ por la extrañeza de no reconocerse del todo en esa ficción. Estoy de acuerdo contigo. La ficción es un compromiso con la realidad. ‘El Quijote’ es prueba evidente de cómo una locura tiene importancia en lo real. ¿Por qué? Pues porque en la ficción ordenamos la realidad a conveniencia. Cada autor le hace decir a la ficción lo que quiere decir, lo que a veces no dice la realidad. Luego, el lector, si hay verosimilitud y agudeza, encuentra que esa ficción habla de él mejor que la propia realidad. Por eso yo en el ‘Salón de pasos perdidos’ huyo todo lo posible del calco de la realidad. Mis diarios sin la reescritura, sin la ficción, no tienen el menor interés. No tengo que ser fiel a la realidad, tengo que ser fiel a la novela.

Pasos perdidos, libros perdidos, escritores olvidados. ¿Su vocación es de buscador?
Me estoy buscando como Diógenes, con una lámpara, a mí mismo. Cuando salió el primer volumen de los diarios, ‘El gato encerrado’, un librero muy conocido y desenvuelto me dijo: ¿Y tú cómo publicas un diario si a ti no te pasa nada? ¡Qué osado eres! Y yo le respondí es verdad. A mí no me sucede nada, pero cuento las tonterías que me dice gente como tú, que eso, en cambio, a mis lectores les divierte de una manera loca. Se enfadó mucho.
No fue el único…
Un crítico celebró el primer tomo, echó las campanas al vuelo. Pero cuando publiqué el segundo fue todo lo contrario. Dijo, esto es un error. Este libro está repetido, no tiene sentido. Y en el tomo tercero obviamente recogí el asunto. A fulano de tal le voy a decir que como tiene dos ojos iguales, que se saque uno porque está repetido. Y que se corte un brazo, una pierna, porque hay muchas cosas iguales en la vida. Al final este proyecto es justamente la repetición de las mismas cosas que siempre son diferentes. Y de eso se trata la vida. Como Pessoa decía, la eterna novedad del mundo.
Ha impulsado el reconocimiento de Chaves Nogales, Clara Campoamor, Ramón Gaya, Jiménez Lozano..., creadores que no debemos olvidar, un poco disidentes del natural gregario español. ¿Cuál es el precio de las ‘disidencia’?
Estamos hablando en el ABC. Pues cuando salió ‘Las armas y las letras’, la crítica más feroz que tuvo apareció justamente en el ABC de entonces, ¿cómo lo llamaba Anson?, ¿verdadero? Firmaba un hombre que se sentía agraviadísimo, porque yo no había incluido en el libro a su maestro, Koldo Mitxelena, un escritor de quinta y un intelectual de quinta. Y porque me había metido con Antonio Tovar. Lo que Antonio Tovar había hecho durante y después de la guerra no me lo había inventado. Es significativo porque la primera reacción de las élites, tanto de la derecha como de la izquierda fue en contra, espejo de lo que había sido la guerra.
¿Desde esta óptica cultural qué había sido la guerra?
Un comportamiento de dos minorías totalitarias. La respuesta al libro fue que a esas dos Españas que se habían repartido todo no les cuadraba el retrato de la España real que yo presentaba. Ellos se habían laminado a gentes como Chaves Nogales, que no era un desconocido. No les conviene que su relato salga adelante. ‘Las armas y las letras’ prueba que el comportamiento humano de la inmensa mayoría de los escritores fue bastante abyecto, envilecidos todos por las circunstancias. Que un verso de guerra de Alberti vale lo mismo que uno de Pemán.
Esto aún hoy no se acepta.
A los partidarios de Pemán a lo mejor les conviene algo más, pero a los de Alberti no les va a gustar el asunto.
«Mis diarios sin la reescritura, sin la ficción, no tienen interés. No tengo que ser fiel a la realidad, tengo que ser fiel a la novela»
Así llegamos a la memoria histórica de bando, de parte.
Que alguien nos diga que quiere una tercera república cuando todavía no ha aceptado que la inmensa mayoría de las cosas incumplidas en la Segunda República se han cumplido de sobra con la Monarquía Constitucional... Y mil cosas más importantes que para nosotros son ahora básicas ni se le pasaron por la cabeza a la Segunda República. ¿El matrimonio homosexual? ¿La sanidad universal, la educación universal? Que digan que la Segunda República es el régimen ideal… Y ahora, ¿qué república queréis? ¿La república de HB y de la CUP? ¿La etnicista de Puigdemont, basada en principios racistas, o la del PNV? Entiendo que no es tanto la tercera república como la primera república catalana, la vasca, etcétera.
¿Mitifican los años treinta?
Pero nada cuadra. En las primeras elecciones que Podemos tuvo un éxito Pablo Iglesias salió con su tabardo, la coleta, su chepa, como un hombre de la Revolución Francesa. Dijo: es una noche histórica, se sienten las voces de Clara Campoamor, Margarita Nelken y Andreu Nin… Nelken hubiera paseado a Campoamor. Andreu Nin es víctima de la dirección del PCE que ordena su asesinato. Hasta eso lo tienen mitificado. Es que no saben de lo que hablan.
¿Qué le parece la campaña contra Javier Cercas? ¿La gente de la cultura da la talla en estos casos?
No mucho. La hegemonía de la izquierda en la cultura es absoluta porque hay unos beneficios y hay repartos. Y la gente es agradecida. Lo peculiar es que cuando gobierna un partido de izquierdas premia a los suyos, pero cuando llega un partido de derechas premia también a los de izquierdas, por un enorme complejo. Los partidos, todos en general, cuando llegan al poder no se sabe qué pasa que confunden la cultura con la propaganda. Yo seguramente no estaría de acuerdo en mucho con Cercas, pero me faltan cinco segundos para ponerme en su bando cuando estoy viendo cómo lo están atacando esos energúmenos racistas catalanes que además tienen el cuajo de tacharle de fascista o de criminal serbio. Estamos llegando a un delirio tan grande.
Tiene Twitter desde hace poco. Ya ve cómo está el patio.
En Twitter valoro ahora la imagen. Si veo una foto con las cuatro o cinco o seis, no sé cuántas vicepresidencias tenemos en España, siete, y en medio veo al gallo de corral, esa imagen es suficiente. Si encima Arcadi Espada hace una glosa buena, pues lo agradezco. Y acabo de ver una viñeta de Daniel Gascón, por las que yo tengo enorme debilidad, sobre un manifiesto de unos intelectuales y escritores que están asustadísimos porque quieren parar el fascismo en Madrid…
La comidilla hoy. Alguien destacó la firma de Muñoz Molina que escribía hace poco que la única soberanía que nos queda es evitar embarrarnos.
Ha firmado, orgánicamente. Gascón hoy lo critica divinamente, pone a un hombre y una mujer tomando un daiquiri, en una tumbona de playa, diciendo: qué duros han sido estos últimos 26 años. Yo no veo más fascismo galopante en este momento que el que hay en Cataluña. Y hubo el Tercer Reich en el País Vasco durante 40 años, con señalamientos y tiros en la nuca. Eso sí lo he visto. Pero yo no veo contra qué Estado de Derecho atenta el que los bares abran o el que los bares cierren. Ni lo veo tampoco en el partido de extrema derecha. No veo comportamientos fascistas. Tendrán las ideas que quieran, que no comparto en absoluto. Yo soy socialdemócrata o soy liberal o soy lo que sea, pero todas esas ideas son posibles.
Adónde va esta entrevista...
Para volver a los diarios. Están al servicio del lector. Démosle las varas de medir y que mida, no solo la política, y que vea si es justo. Una persona hace dos semanas nos sacaba los colores en un artículo: yo estoy au-dessus de la melé, no quiero descender al barro. Y dos semanas después, firma.
Los diarios no tendrán fin...
Seguiré hasta que tenga fuerzas, es una fatalidad. A mí me gustan los escritores que mueren con las botas puestas.
«Gracias por decir que no»
‘Salón de pasos perdidos’ tiene lectores fieles pero no una legión. Para el volumen ‘Quasi una fantasía’ Trapiello trabajó sobre un cuaderno de 300 páginas de las que salvó unas 100. Ahí reelabora los textos para dejar el libro en las 500 que tiene al publicarse. «Al principio no me pareció justo que tanto esfuerzo no se viera compensado con unas palmadas en la espalda, más ventas, una mayor consideración de las élites académicas, libreras y críticas. Ahora encuentro que ha sido una bendición. Por eso le quiero dar las gracias públicamente a Herralde, que fue el primero que rechazó mis diarios. Luego supe que los lee. En fin, no se entiende si él publica cosas que no le gustan o lee las cosas que no publica. Eso me ha traído hasta aquí. Ha hecho este diario más independiente y libre . Pensé que si tenía ese rechazo era una especie de garantía de que iba por el buen camino».
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