LOS SIETE PECADOS CAPITALES DE...
Fran Perea: «Soy intensito. A veces, eso te arrastra y acabas en momentos de ira»
El actor y cantante presenta 'El hombre invisible', su nuevo disco
«La envidia no es buena compañera», asegura
Los siete pecados capitales de Juan Soto Ivars

Fran Perea, el que fuera yerno ideal de todas las madres y amor platónico de las hijas, multifacético (teatro, música, televisión, cine) y talentoso, estrena este próximo seis de marzo Bala Perdida, primer sencillo de su nuevo disco, 'El hombre invisible'. Amable y divertido ... siempre, gran conversador, nos habla de sus pecados:
—Le perdono un pecado.
—Hablemos de todos.
—¿Cuál sería su pecado capital?
—La gula. Me encanta comer. No puedo hacer dieta, es algo que me hunde.
—¿Sería ese el que perdonaría fácilmente en los demás?
—Soy capaz de disculpar algunos, ese entre ellos, pero hay otros que me dan mucha rabia.
—¿Cuál sería ese que más rabia le da?
—No soporto la falta de hambre, entendida como la falta de sangre, de nervio. Puede que tenga que ver con la pereza, pero me acabo de dar cuenta de que también tiene que ver con la gula, en cierto modo. «Les falta hambre» es muy gráfico para definirlo.
—¿Y cuál es el pecado en el que no se permite caer?
—La envidia. Con el trabajo que tengo, imagínate. Sería trágico.
—En su trabajo la envidia y la soberbia deben ser los pecados más complicados de mantener a raya.
—Pues es eso lo que me ha hecho darme cuenta de que la envidia no es buena compañera. No soluciona nada y te va poniendo en un lugar muy desagradable. Además, es que siempre va a haber alguien más guapo que tú, alguien que cante mejor que tú, alguien que componga mejor que tú, alguien que está más de moda que tú, que trabaja más que tú… Es un monstruo que nunca deja de necesitar alimento y que al mismo tiempo te devora a ti. Y fíjate cómo acabo de enlazarlo con la gula también (ríe).
—Es usted capaz de asociar cualquier pecado con el de la gula.
—Es un don que tengo.
—¿Y qué me dice de la ira?
—He ido aprendiendo a controlarla con los años.
—No me parece muy iracundo.
—Soy intensito. Y a veces eso te arrastra y acabas cayendo en momentos de ira. Una vez alguien me dijo: «tú tienes mucha ira contenida». Y yo pensé: «Bueno, pues mucho mejor que esté ahí contenida». He aprendido a ser cada vez menos irascible.
—Nos queda por ahí la pereza, pero viendo su trayectoria no parece tampoco alguien muy perezoso.
—No soy nada perezoso. Tengo mis momentos, como todo el mundo, que necesito descansar o que me apetecería no hacer nada, pero no es un pecado que vaya conmigo. Yo soy de decir a todo que sí y he tenido que aprender también con los años a permitirme el descanso. Que si no, la vida acaba pasándote por encima.
—Pues nos quedan la lujuria y la avaricia. Y tampoco le veo yo muy avaricioso…
—Nada. Soy bastante dadivoso, de hecho. Hasta el punto de ser, incluso, un poquito gilipollas. Soy muy desprendido, que es una palabra que me gusta mucho.
—Todo lo contrario, entonces.
—Para mí, lo realmente valioso está en las personas, en sus valores. El dinero no es algo a lo que yo le dé mucha importancia. Si tengo, lo gasto y lo comparto; si no lo tengo, hombre, pues lo paso peor pero me apaño con lo que tenga. Y la lujuria, pues nada, muy bien, muy rica.
—No me ha salido usted muy pecador. Y, quitando la pereza, es usted muy de pecados carnales.
—Pues es verdad. Es que soy muy disfrutón, muy vividor. Me gusta mucho gozar del aquí y del ahora. Eso es lo que me hace a mí feliz.
—Es hedonismo sano, lo suyo.
—Total. Muchas gracias por el diagnóstico.
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