A la CONTRA
Ser mujer en la cultura
¿Nos beneficia a las mujeres que se nos trate como incapaces para desarrollarnos sin ayuda en el ámbito cultural? ¿Es beneficioso sembrar esa duda sobre nuestras capacidades?
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Desde que el 8 de marzo dejó de ser el Día de la Mujer Trabajadora para convertirse en el Día Internacional de la Mujer, la conmemoración de la emancipación femenina y su lucha por la igualdad ha dado paso a la protesta enojada por ... problemas hiperbolizados (cuando no directamente ficticios) y la reclamación de privilegios revanchistas. Más reproche que celebración, más bronca que fiesta. Demasiada batucada siempre.
Un nuevo feminismo (victimista, resentido, adanista y ‘tuitivo’), se ha apropiado de la efeméride incorporando al discurso toda reivindicación oportunista, tenga o no tenga que ver con lo femenino, expulsando al mismo tiempo a otras mujeres por disentir de sus dogmas. Este neofeminismo, incapaz siquiera de igualar los innegables y necesarios logros del feminismo liberal, cual San Jorge jubilado, reformula el feminismo culturalista de Simone de Beauvoir para librar cómodas batallas contra pequeñas lagartijas sin abandonar la confortabilidad de salón.
Pero lo cierto es que la presencia de la mujer en todos los ámbitos laborales, también en el de la cultura o especialmente en este, está hoy completamente normalizada. Nos sorprende más ver a un profesor de guardería que a una diseñadora de videojuegos. Y quizá desde antes incluso de estarlo en otros ámbitos. Pienso en Julia Margaret Cameron, Anna Atkins o Clementina Hawarden y sus trabajos fotográficos, ya a mediados del s. XIX.
Ser varón hoy es un lastre, de salida, para dedicarse a la cultura
O escritoras como Jane Austen, Charlotte Brontë o Rosalía de Castro. Angelica Kauffman o Marie-Denise Villers, por ejemplo, en pintura. Mujeres que, en un momento en el que se encontraban estas relegadas a la esfera privada, consiguieron abrirse paso a fuerza de talento y esfuerzo, desbrozando el camino para las que vendrían después con muchas más facilidades. Facilidades que, justo en este momento de feminismo vocinglero y quejoso, alcanzan por momentos categoría de ventajismo.
Varias editoras me reconocían recientemente que nunca antes como ahora habían buscado autores por su sexo. Siempre habían estado pendientes de la calidad de los manuscritos. Porque su trabajo es que el producto se venda y los libros que venden son los buenos. Ahora no: ahora los que venden son los libros escritos por mujeres. El perfil mayoritario del lector es mujer (casi un 75% de las mujeres son lectoras frente a un 56% de los hombres) y ese lector está pidiendo historias escritas por mujeres. Por mujeres y para mujeres: a la gran mayoría de las mujeres lo que les gusta leer (y escribir) es novela romántica y romántica-erótica; ellos escriben (y leen) más ensayo y novela negra. A esta búsqueda de mujeres escritoras por parte de las editoriales hay que sumar los concursos literarios solo para mujeres (no he encontrado ninguno solo para hombres) o becas y ayudas para promover las obras escritas por mujeres (no las hay tampoco solo para hombres).
En cine, las películas realizadas por una mujer son consideradas «obra difícil» (como las realizadas por directores con discapacidad) y, como tal, ven aumentado el límite de porcentaje de ayudas al 75%. Además, reciben puntos extra para acceder a subvenciones las escritas, dirigidas o producidas exclusivamente por mujeres. Un sistema de ayudas basado en el sexo que, lo reconocen en privado muchos profesionales pero muy pocos se atreven a cuestionarlo en público, perjudica a muchos profesionales.
Porque no se está valorando el talento y el mérito, sino otras cuestiones que poco tienen que ver con la calidad final del producto. Y porque pocos son los productores que pueden arriesgarse a contratar a quien más lo merece y no a quien más puntos le otorga.
Nunca antes como ahora habían buscado autores por su sexo
Sobre la denuncia falaz de una opresión cultural de lo femenino se sustenta, pues, todo un entramado que convierte el hecho de ser mujer, en realidad y contra lo que sostiene su propio discurso, en una ventaja. Una ventaja que no tengo yo muy claro que sea tal. ¿Nos beneficia a las mujeres que se nos trate como incapaces para desarrollarnos sin ayuda en el ámbito cultural? ¿De verdad el talento o la capacidad creativa de las mujeres necesitan de cuotas? ¿Es beneficioso sembrar esa duda sobre nuestras capacidades? Lo único realmente comprobable es que ser varón hoy es un lastre, de salida, para dedicarse a la cultura. Como llevar piedras en los bolsillos.
Y mientras se sigue sosteniendo el relato sobre la existencia de un patriarcado opresor (la enciclopedia de Oxford lo define como el sistema social o de gobierno donde los hombres detentan el poder y las mujeres son excluidas de él), los cambios de sexo (que en España se han disparado casi un 400% desde la entrada en vigor de la Ley Trans) son, en su gran mayoría, de hombres a mujeres. Las facilidades para acceder a ciertas plazas, notas de corte más bajas en determinadas carreras o leyes y políticas con base configurativa en el sexo podrían ser la clave.
Pero el 8 de marzo seguiremos manifestándonos porque ser mujer es tener una posición en la sociedad de desigualdad frente a los hombres, es ser quien sufre de más violencia, de más pobreza y de más discriminación. Palabra de Irene Montero. Que, según su propia definición, no parece muy mujer.
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