PUES DICES TÚ
¿Y de postre?
Las dos personas normales quedan para comer en uno de esos locales nuevos, pintados de blanco y verde suave, que regenta gente joven con un mandil blanco con adornos de arpillera

Las dos personas normales quedan para comer (las dos personas normales casi nunca hacen esas cosas, pero esta vez sí) en uno de esos locales nuevos, pintados de blanco y verde suave, que regenta gente joven con un mandil blanco con adornos de arpillera, gente ... enfadada y con ojeras que creía que todo iba a salir mejor.
La primera persona normal consulta el menú.
—¿Sopa de calabaza?
—Eso está rico, ¿no?
—No sé. Sopa de calabaza asada con un toque de jengibre y leche de coco —lee.
—Si es un toque...
—A mí no me gusta el coco.
—A nadie le gusta el coco, pero igual no sabe a coco. Hay muchas cosas de coco que luego no saben a coco.
—¿Ah, sí? ¿Cuáles?
—Lo he dicho por decir. Pero igual si pides que no te pongan la leche...
—A ver quién se atreve. ¿Tú has visto al chico?
El chico es un chaval de treinta y pico, con barbita y entradas pronunciadas (más que hace un año), con aspecto de vegetariano a punto de rendirse, que odia claramente a la clientela porque a la clientela todo le parece caro y no aprecia lo que se le ofrece: un toque de justiprecio, otro de equilibrio cromático y otro de salud integral.
—Mejor no le pido nada.
—No, mejor no. ¿No hay más cosas?
—Carpacho de remolacha...
—Pondrá carpaccio, seguro. ¿A que lo pone con dos ces?
—Lo pone en extranjero, sí. Carpaccio de remolacha con queso de cabra ecológico y rúcula fresca. O, si no, tartar de tomates Heirloom con albahaca, cebolla morada y aceite de oliva virgen extra.
—Jolín, ¿no?
—Y jolán.
—¿Ahora es Barcelona todo?
—Por lo visto. ¿Qué será Heirloom?
—Algo de Hitler.
—Pues lo mismo, porque mira a la chica.
La chica tiene treinta y siete y cara de no haber sonreído en la vida. Toma nota con desgana, lanza miradas furtivas a la cocina, como si no se fiara, y responde con amenazas cuando alguien le pide que le cambie el vinagre de Módena por uno normal.
—Pues dices tú, pero podíamos haber pedido algo, no sé, un poco como así, para el centro, y luego ya cada uno lo suyo.
—Ya. Como es un sitio de menú... Pero podemos compartir, si quieres.
—La sopa no.
—La sopa no, que no se deja.
—O pedimos dos pajitas.
—También. Pero podemos compartir el tartar y el carpacho...
—O lo podemos compartir con el de al lado, que mira tú cómo nos sientan, todos bien juntos.
—Y en estas sillas enanas, que parecen de guardería. —La persona normal se centra—. ¿Qué pedimos de segundo?
—¿Qué hay? Es que no me he traído las gafas.
—¿Por qué?
—Porque no las encontraba.
—Claro. Sin gafas... Pues de segundo hay ensalada templada de quinoa con verduras de temporada, garbanzos tostados y aliño de limón y tahini.
—¿Eso es un segundo?
—Si has comida algo antes... O risotto de espárragos verdes y setas shiitake, servido con una reducción de vino blanco orgánico.
—Y eso del shiitake, ¿qué es?
—Serán setas normales. Y hamburguesa de lentejas y champiñones, acompañada de ensalada de col rizada y patatas dulces asadas.
—Hombre, por fin algo normal.
—De lentejas y champiñones, dice.
—¿El qué?
—Pues la hamburguesa.
—Pero ¿cómo vas a hacer una hamburguesa con lentejas?
—Pues apretando mucho, ¿no?
—¿Apretando las lentejas?
—Por lo visto.
—¿Y sabrá luego a hamburguesa?
—Seguro que no. ¿Tú has visto la cara que tiene aquí todo el mundo?
Los camareros tienen mala cara, sí, pero a los clientes se les ve mejor, con sus trajes de oficinista o ropas vaporosas, según mesa, barbas bien recortadas (o no), coletas altas, fulares color mostaza, labios rojos, cortes modernos a lo bob; un poco de todo; todos hablando bien alto y todos esquivando el pan.
—¿Y de postre?
—Tarta de zanahoria vegana con frosting de anacardos.
—Zanahoria vegana. Muy bien.
—Mousse de chocolate negro con aguacate y un toque de sal marina...
—Ah, mira, otro toque. Menos mal.
—Y crumble de manzana y avena con helado de vainilla de comercio de cercanías.
—¿Y cómo se sabe eso?
—Irán y volverán en tren.
—Ah, claro. ¿Y por qué llevan bolsas de tela todos?
—Todos ¿quiénes?
—Todos. Mira.
Un millón de bolsas de tela —blancas, negras, lila, hueso— cuelgan de los respaldos.
—Será más ecológico.
—Igual sí. Si es más ecológico, vale.
Las dos personas normales se revuelven en las sillas diminutas. Todavía tienen hambre, pero se les va pasando. Miran la pared, llena de palabras perfectamente rotuladas que empiezan a perder el brillo; la luz, demasiado blanca; las plantas que penden del techo, encerradas en sus prisiones de macramé.
—Será que ahora es así todo, ¿no?
—Será.
—Que ya no es como era.
—Ya no.
—Entonces, ¿qué pedimos?
—Yo, sopa, ensalada y tarta. Como empiezo no comiendo, que es aire todo, pues luego no pasa nada si me pido la tarta. ¿Tú?
—Yo, el tartar, la hamburguesa y lo de la manzana.
—¿Al final te pides la hamburguesa?
—Es que venía con antojo de lentejas...
—Ah, ya. Pues entonces sí.
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