EN PERSPECTIVA
Ideas en el aire
Siento que el tiempo tiene otra dimensión en los aviones, y que el pensamiento en el aire funciona de manera distinta
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Hace años, mientras le hacía una entrevista al poeta Giovanni Quessep en uno de los corredores de su casa en Popayán, él me dijo, mirando el cielo al que se abre su patio solariego: «aquí paso mucho tiempo viendo pasar las nubes». Nada más ... consistente con su poesía, lírica y pensativa, que ese modo suyo de abrirse a la contemplación, a la inactividad que, como dice Byung-Chul Han en 'Vida contemplativa', es la condición para iniciarnos en el misterio de la vida.
En esas palabras de Quessep pienso cada vez que me monto a un avión en un viaje largo y veo cómo los pasajeros se apresuran a cerrar sus ventanillas. Los que disfrutamos viendo ese espectáculo magnífico de las nubes en movimiento quedamos convertidos en saboteadores de la noche ficticia que también la tripulación se afana en crear y que la mayoría de los pasajeros acepta de buen grado porque sólo quieren hacer dos cosas: ver películas y dormir, dormir y ver películas.
Que es una manera de matar el tiempo —qué expresión más aterradora, teniendo en cuenta que el tiempo es la materia de la que estamos hechos— ese tiempo magnífico de los aviones, un paréntesis que, según Michel Onfray, «da lecciones de filosofía»: «…todo lo que en el suelo parece grande, voluminoso e importante se convierte en el aire en pequeño, mezquino irrisorio e insignificante. ¿Cómo hacen algunos para creer esenciales sus pequeñas historias, sus asuntillos cuando, visto desde el cielo, de pronto todo se hace estrecho e indiferente?»
Hay un elemento adicional que hace que mis viajes en avión sean siempre experiencias importantes: a pesar de que llevo volando años de años, y de todas las explicaciones científicas, que por supuesto conozco, me sigue asombrando que un aparato de ese peso se pueda mantener durante horas en el aire. Pero, además, y tal vez por cuestiones en mi historia personal, siempre tengo presente que el avión se puede caer. Esa doble percepción hace que la mía —y tal vez la de otros pocos— sea una experiencia fructífera. Lo que siento es que el tiempo tiene otra dimensión en los aviones, y que el pensamiento en el aire —es mi humilde hipótesis— funciona de manera distinta.
En mí caso, la imaginación y la memoria se activan hasta el punto de que buena parte de las ideas de mis libros se me han ocurrido en viajes aéreos. Como siempre llevo un libro conmigo y a veces dos, que he escogido con gran cuidado, para no errar, las consigno en esas dos paginitas en blanco que suelen dejar los editores al final, para no olvidarlas. A menudo son tantas que casi no me caben.
Tal vez todo lo que se remueve en nuestro interior mientras viajamos, deseos, recuerdos, asociaciones, tenga que ver con que, como dice Onfray, uno siempre es el gran asunto de un viaje. Con que estamos dejando atrás el mundo de la costumbre para llegar a un lugar incierto, o a la inversa, con que volvemos renovados o atediados a instalarnos en lo propio. O con qué, en fin, esa pausa que implica desplazarse, ese «tiempo muerto» en que sólo somos transición, cuerpos inmóviles y sin embargo en movimiento, es requisito para el descubrimiento.
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