El debate de la lengua
Fricciones del español global
Al borde de la quiebra
Nuestra querida lengua española necesita quién la defienda de su propia imagen de éxito, que la deja expuesta ante las fricciones de la globalización
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Ocurrió en Morelia, la antigua Valladolid, en México, hace menos tiempo del que imaginan. La excelente universidad pública de la capital del Estado de Michoacán cuenta con un programa para facilitar la integración de población indígena, quizás un 3% en su jurisdicción. Depende del criterio ... para contarla. La autoidentificación, que tanto gusta a científicos sociales europeos de turismo en los meses de verano y a las organizaciones no gubernamentales, constituye una falacia. Muchos mestizos en América se declaran aborígenes con fines estadísticos, «por si les cae alguna plata». Es decir, para recibir subsidios y no pagar impuestos. ¿Quién no haría lo mismo y dejaría de apuntarse a un indigenismo? Aquí en España el equivalente sería un nacionalismo separatista, resentido y beligerante. Mientras pague, como dicen en Colombia.
Un estudiante tarahumara se me acercó y me dijo, con indisimulada altanería, como ajustando cuentas: «Profesor, soy el primero de mi familia que estudia en la universidad. Curso ingeniería agrícola. Cuando tenía nueve años aprendí español y por eso estoy aquí». Miraba por la ventana como si pudiera vislumbrar en el horizonte su linaje presente, pasado y futuro. Era un hombre feliz y estaba, por fin, donde correspondía. Existen todavía en México y otros países minorías indígenas monolingües como la suya que, a pesar de los enormes esfuerzos realizados por los estados, mediante la puesta en marcha de programas bilingües en áreas indígenas, no salen de pobres. Sin duda el drama que supone la desaparición de lenguas nativas, cada una con su visión del mundo y lección de supervivencia, no puede impedir el análisis de los grandes peligros que acechan aquí y ahora al idioma español, vehículo de libertad para aquel estudiante y para tantos otros.
Sin asomo de maldad
En otra ocasión, hace un par de décadas, en el Reino Unido, una natural de Nicaragua preguntó sin asomo de maldad a una profesora «si la lengua que hablan en España es el español». Más allá del despiste y hasta de lo hilarante de aquella situación, complicada de reconducir sin un deslizamiento jactancioso hacia el estereotipo del «españolete», el español bravo y malencarado, frente al contenido inocente de la pregunta, a día de hoy podríamos plantearnos la vigencia de semejante error. Habría que responderle que depende de dónde. Pues la promoción pública y victimista de otros idiomas oficiales y de dialectos de castellano inventados o en proceso de fabricación, recomiendan una respuesta prudente. Se da por hecho que el español es el idioma (común) de España. No hay otro, a la espera de que comprobemos las supuestas habilidades angloparlantes de una parte de nuestras elites políticas, que ponen en peligro la cantidad y calidad de su utilización ciudadana.
En primer lugar, nos hemos equivocado en las previsiones demográficas
Desde luego, el triunfalismo sobre el español y su proyección futura, característico de las últimas cuatro décadas, debería figurar en cualquier manual que quiera definir la categoría «optimismo antropológico». En primer lugar, nos hemos equivocado en las previsiones demográficas, que con un simple vistazo mostraban desde los años sesenta que ibamos a estar como estamos ahora, con una pirámide de población invertida y envejecida en la comunidad global de hablantes del español. Este no puede crecer ya en número de hablantes por la simple suma de nacimientos año tras año. El número de estudiantes que se matriculan en educación superior baja desde al menos 2015, incluso antes, en países vinculados a la «comunidad iberoamericana de naciones». En segundo término, hubo otro error de cálculo en la valoración del crecimiento posible en potencias consolidadas o emergentes.
Variedades globales
Cuando llegaba el momento de hacer informes anuales y memorias institucionales, las previsiones astronómicas en la multiplicación de hablantes de español en Estados Unidos o Brasil, por ejemplo, adquirían el carácter de una profecía autocumplida. Todo esfuerzo es poco, mas allí ha habido avances (algunos) y retrocesos (bastantes). Como señaló hace tiempo Emilio Lamo de Espinosa, con una insólita y brillante prudencia, derivada de su profundo conocimiento de aquella potencia, las primeras generaciones de emigrantes hispanos hablaban español, las segundas lo perdían y las terceras, según, en función de su valor económico, cultural y simbólico, quizás lo recuperarían –o no–. ¿Qué variante del español utilizarían? No la del español peninsular, que nunca conocieron, pues el idioma siempre fue americano, insular, mestizo, intercultural, peregrino. Un tercer argumento tiene que ver con las posibles variedades globales, dominantes o mayoritarias.
La homogeneidad del español, que posibilita que podamos comunicarnos en el segundo idioma global
La estadística impone que el acento de español con mayor número de usuarios sea el de México. Carecemos de estudios suficientes al respecto, a la hora de conjeturar su potencialidad para modular una versión del español global con alto impacto en las industrias audiovisuales y, en especial, en la producción en español por parte de grandes plataformas (Netflix, HBO, Amazon). No sabemos qué va a ocurrir. Se suele reconocer que el español colombiano «suena» bien al oído hispano, mas la especialización en determinados géneros, como las narcoseries, dificulta su aceptación canónica y uso polivalente. Del mismo modo, en sentido opuesto, tras la generación de maravillosos actores españoles clásicos, cuya escuela teatral les había conferido una dicción impecable, apareció en especial durante la última década una tendencia contraria, un grave descuido en la modulación. Algunos hablan tan rápido que no se entiende lo que dicen. «Luego no son cubanos», apuntó en un seminario un estudioso del tema. En general, a los caribeños se les entiende bien y hay versiones idiomáticas, como el español de Puerto Rico, que parecen fluir en muchas orillas al mismo tiempo. ¿Podría ser que, en el largo plazo, como ocurre con el inglés británico en el cine de Hollywood, a los personajes malvados y despóticos les pongan a hablar «en español de España»? Confiemos en que no sea así y también en que pretensiones peligrosas, como la que pretende «doblar» películas en español a otras versiones del idioma, incluso a poner subtítulos, acabe en fracaso cultural y económico.
Del otro lado del Atlántico
La homogeneidad del español, que posibilita que podamos comunicarnos en el segundo idioma global en los cinco continentes, no es resultado de ninguna casualidad. Esta es, sin duda, una última consideración. En vez de otorgar inmerecida atención a escritores del otro lado del Atlántico cuyo rencor se expresa en la hostilidad hacia lo que llaman «reglas académicas españolas», hasta el extremo de pedir que cambiemos el nombre del idioma, lo que debemos hacer ahora es apoyar y proteger –mucho más, claro que sí– a la Real academia de la lengua y a todas las que conforman la Asociación de academias de la lengua española, ASALE, constituida en México en 1951. Sin homogeneidad (que no es lo mismo que uniformidad) la erosión o dispersión es inevitable. Así ocurrió con el latín.
El español es el segundo idioma en Internet. Posee, sin embargo, insuficiente relevancia como lengua de comunicación científica y tecnológica. Queda mucho por hacer, como han explicado de manera reiterada Elea Giménez Toledo y un grupo de investigación que trabaja con la edición universitaria. No hay cantidad a largo plazo sin calidad. Para preservarlo, no bastan el realismo mágico, ni la hipervaloración de la ficción. Quizás sea una manera poco elegante de expresarlo, pero nuestra querida lengua española necesita quién la defienda de su propia imagen de éxito, que la deja expuesta ante las fricciones de la globalización.
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