ARTE
El Centro Botín dibuja a Juan Muñoz
Cinco años cumple el Centro Botín en Santander y los conmemora con una interesante e intensa exposición del Juan Muñoz dibujante; faceta esta del madrileño quizás poco conocida

Recuerdo aquel viaje para ver cómo se colocaba la primera piedra del Centro Botín ; recuerdo a Renzo Piano explicando cómo sería ese edificio (hoy ya emblemático) que casi ‘iba’ a sobrevolar la Bahía de Santander; recuerdo los retrasos y demoras (casi todo diseño arquitectónico ... arriesgado los lleva siempre implícitos) en la conclusión del proyecto; recuerdo el primer verano de apertura, cuando el público acudía a sus puertas como moscas a la miel y reboloteaba en su entorno (aún sigue siendo así); recuerdo sus muchas, muy variadas, y casi siempre excelentes exposiciones ( Picasso, Goya, Thomas Demand, Cristina Iglesias ...).
Una eternidad en arte
Recuerdo todas estos detalles porque el Centro Botín acaba de cumplir cinco años. Parecen pocos, aunque casi suenan a eternidad si atendemos a que ha habido una pandemia de por medio, con el riesgo de llevarse todo por delante, y a que han montado muchos iniciativas que ahora toca consolidar. Sin duda, un lustro no es nada en el caso de un centro de arte, aunque puede dar para mucho y para mucho más . En esas están.

Juan Muñoz (1965-2001) ha sido el artista elegido para exponer en este cumpleaños, y no cabe la menor duda de que no ha sido una decisión baladí. Yo añadiría que bastante inteligente. Un valor seguro sobre el que todavía se pueden descubrir facetas, establecer conexiones más allá de lo argumentado y exhibido en otras retrospectivas y muestras –en su caso, han sido unas cuantas– dentro de los más relevantes museos, espacios y galerías de todo el mundo. Hoy pocos deben quedar en este ‘mundillo’ que no conozcan y ratifiquen el ‘hueco’ de Juan Muñoz en el discurso creativo de las últimas décadas.
Su temprana muerte, al poco de rematar una gran instalación escultórica para la Sala de Turbinas de la Tate londinense, no le ha restado ni un ápice de protagonismo, ni de relevancia, ni de actualidad. Puede que le haya elevado unos peldaños en el escalafón de la gloria y toque una cierta categoría de mito para esas generaciones qu e lo vieron crecer, reivindicarse en la escena internacional y, luego, asumir el papel de hijo pródigo. Juan Muñoz no fue profeta en su tierra, aunque ahora apenas nos acordemos y parezca que la crítica y que lo(a)s jerifaltes del arte patrio han estado siempre ahí, a su lado.
Mil caras
Las escenografías escultóricas de Juan Muñoz pueblan muchos de los imaginarios contemporáneos, pero poco se sabía o se había estudiado, y mucho menos se había expuesto, su faceta de dibujante. Cerca de doscientos dibujos, entre los años 1982 y 2000, nunca vistos hasta le fecha, han sido reunidos para esta exposición que conmemora los cinco años del Centro Botín y que sacan a relucir la memoria, las mil caras, de este inmenso creador mucho más allá de sus piezas y montajes espectaculares.
La complejidad de Juan Muñoz ( lector exquisito de poesía, de narrativa , de ciencia ficción, ensayista, amante de lo experimental y del clasicismo o de un clasicismo que resulta experimental...) raya la erudición en muchos casos, y este intenso álbum de dibujos da buena cuenta de ello.

Uno de los objetivos de esta muestra, y del impecable catálogo que la acompaña, se resume en demostrar que los dibujos de Juan Muñoz no eran una mera apoyatura del resto de su obra, unos esbozos de piezas concretas o estudios preliminares para trabajos más ambiciosos, monumentales. En absoluto, se trata de una faceta totalmente independiente que se suma al carácter multidisciplinar de toda su creación que va de la escultura, al arte sonoro y al teatro, además de la escritura. Cuenta el comisario de esta exposición, el suizo Dieter Schwarz , que entre los objetivos de la muestra se esconde acercar la obra de Juan Muñoz a un público más joven por ese carácter transversal en sus inquietudes creativas y en sus anhelos intelectuales que tienen que ver con «la condición humana». Y puesto que la condición humana está en entredicho... Ahora y siempre, Juan Muñoz.
Doce salas que circulan casi como laberintos ‘dibujan’ esta exposición de dibujos. La redundancia (dibujar el propio dibujo) es intencionada, porque no resulta fácil componer un escenario que, pieza a pieza al igual que en su conjunto –en un mero paseo sin atender al detalle–, te introduzca en el corazón de las tinieblas de Juan Muñoz. Joseph Conrad y Ezra Pound funcionan como ‘alter egos’ de un artista al que cuesta, al mismo tiempo, desvincular de la tradición pictórica española y de la tradición misma. El blanco sobre negro, el negro sobre blanco. La luz, la sombra de un misterio barroco.
Para Juan Muñoz, un dibujo era como una escultura donde repensar el pasado (sus trabajos de los años 80 que viajan hasta el Renacimiento, hasta el manierismo de un joven artista que observa el mundo) o entablar un diálogo con la muerte, una decadencia cuasi operística (ahí está la serie inspirada en unas fotos de Visconti y María Callas ). Quizá descubrir a este Juan Muñoz más mínimo nos acerque a su dimensión más grande.
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