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ABC MADRID 10-10-1928 página 6
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ABC MADRID 10-10-1928 página 6

  • EdiciónABC, MADRID
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-El padre superior ha dicho: Don Juan es un filósofo cristiano, a quien la Divinidad revela verdades desconocidas y ocultáis que él lanza al viento o vierte sobre el papel, utilizando los vocablos más propios, limpios y sonoros de la magnífica lengua española. ¡Me confunde usted, padre! ¿Padre qué? -Padre Casto, humilde siervo del Señor Jesucristo y de usted. -Pues bien, padre Casto; si el reverendo superior dice- verdad, y el Esp ritu Santo, como creo, mana por su boca, tengo! la confianza de hacer un prólogo digno u e a empresa acometida. Sin embargo, temo que mis desmanes científicos y literarios rectificarán ai padre prior. -Todo lo puede la misericordia divina, hermano. -En ella confío; no en mi natural torpeza. ¿Puedo asegurar a los hermanos que usted se digna escribir el preámbulo? -Con absoluta certeza. ¡Qué alegría va a tener la Comunidad! No se esfuerce usted mucho; registre usted cuartillas olvidadas en los cajones; escoja usted un puñado de ellas, al azar; seis o siete son suficientes... -Aunque sean quince; la visión de lo divino necesita campo abierto y mucho espacio; aunque a veces un punto luminoso basta. -Lo importante es que estén pronto; ¿cuándo paso a recogerlas? -El jueves. Conociendo yo a Mella, me atreví a aconfeejar plazo más largo, porque sabía por experiencia que no siempre le vino en gusto e escribir con apremio y alguacil de vista. El padre Casto, agarrándose, por precaución monacal, a mi consejo, dijo, melifluo: El público debe leer diariamente nuestra sección de anuncios por palabras clasificados en secciones. En ellos encontrará constantemente asuntos que pueden interesarle. ¿Le parece a usted bien, don Juan, que venga a recogerlas el domingo próximo? -Perfectamente; el domingo que viene las tendré escritas. Pasó lo que yo temía; Vázquez de Mella, a quien amigos y admiradores, por compasión y carino, no aejaban solo un momento, echó durante la semana cuarenta discursos diarios, y no puso la estilográfica sobre el papel. El gran artista de la palabra y de la pluma, no contaba con que los regulares son personas de orden y método, y se llenó de asombro cuando, finiquitado el plazo, le anunciaron la visita del irailecito. -1 ¡Que pase! -exclamó, algo afrentado, el inmenso orador. E ¡padre Casto, que al entrar sorprendió, entre disimulos, la molestia causada, se limitó a notificar con quejumbrosa timidez: Don Juan! Me envía el padre superior para que recoja aquellas cuartillas que usted prometió a la Comunidad. ¿Las ha buscado usted ya? Mella, a pesar de su natural bravia elocuencia, tan rápida en las contestaciones parlamentarias, yacilq un momento, hizo larga pausa, bebió un sorbo de vino y se excusó de este modo: -Verá usted, padre Casto; he pasado una semana horrible; yo tengo una suegra, que es el partido; no me han dejado en paz un instante mis coneligionarios; quise registrar los apuntes y no pude. Perdone usted, el domingo estarán escritas. Venga usted el domingo sin falta. -Nada, nada, perdonado; no faltaba otra cosa. Hasta el domingo; no quiero incomodaile más tiempo, don Juan. Como los días no se detienen, y a veces, con la ayuda del Omnipotente, rezos de frailes los aceleran, llegó el día fatal, y Mella me confesó, antes de sentarnos a la mesa, que no había escrito una línea. El padre Casto, ¡cómo no! se presentó a la hora en punto; su visita parecía cronometrada de antemano. Era una consigna militar. ¿Qué hay del prólogo, don Juan? -insinuó beatíficamente el pobrecito, como anticipando peí dones. -Pues no hay nada- -replicó, desabrido, Mella- ¿Ustedes creen que escribir acerca de los místicos españoles es lo mismo que freír buñuelos? -Por difícil obra lo tenemos, don Juan; por eso la Comunidad, que conoce y envidia el talento de usted, me envía para suplicar tan gran favor. El tiempo es lo de menos; ya escribirá usted otro día. -Es usted muy amable- -replicó Mella, recobrando la calma- Prometo, en firme, tener escrito el preámbulo el domingo próximo. De ahí no pasa. El padre Casto se despidió humilde y casi agradecido, disimulando con galante cortesía su angustia interior. Conocí que Mella estaba corrido y aun amostazado, y medio en broma, como para distraerle, le propuse que nos encerrásemos eti la biblioteca (toda la casa es biblioteca) que me echase un discurso; yo anotaría frases e ideas, y luego, a mi modo, redactaría el prefacio pedido. El lo corregiría, poniéndole algo de su sangre, y en paz. -Con una condición- -añadí- querido (6)

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