Cifuentes, la delegada que rompió el molde
Su estilo personal ha sacado del ostracismo a uno de los organismos con más responsabilidad de Madrid

La llegada a la Delegación del Gobierno de Cristina Cifuentes (Madrid, 1964) ha revolucionado el funcionamiento y el estilo de trabajo en un organismo que, en la última década, se había caracterizado por su ostracismo, tono gris y casi opaca proyección pública. La política popular, tras dos décadas de intenso trabajo en la Asamblea de Madrid, ha puesto cara y voz a la seguridad ciudadana de una Comunidad que «exporta» al resto de España casi todo cuanto acontece en ella.
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Cifuentes es una persona cercana, de trato muy afable y que no se muerde la lengua. Incluso cuando tiene que dar su opinión sobre temas peliagudos, también en aquellas ocasiones en que no coincide con la línea oficial del su partido, el PP. Ocurrió en la primera entrevista que ofreció tras tomar posesión el pasado enero, en ABC, en la que, por ejemplo, daba su apoyo sin fisuras a la actual legislación del matrimonio homosexual o se declaraba abiertamente republicana. Ella explica con total naturalidad estas posiciones: « No creo que sea un verso suelto. En el partido no todos pensamos exactamente lo mismo en todas las cosas. Tengo opiniones propias sobre algunas cosas ».
«No me gusta la sobreexposición mediática, porque te pone en el ojo del huracán»
La conversación se produce el miércoles, a primera hora de la tarde, en su despacho. En ese momento, en televisión se hacen eco de la polémica suscitada a raíz de la mala interpretación que se hizo de sus palabras el día anterior, cuando abrió el debate sobre la posibilidad de «modular» el derecho de manifestación. En su mesa, junto a un libro sobre la Reina, reposa un dossier de prensa en el que todos los periódicos y agencias de prensa abarcan el asunto. Es uno de esos días en los que unas palabras que asegura que no buscaban generar tanto barullo la han puesto en el ojo del huracán. A su pesar.
«No me gusta la sobreexposición mediática, porque te pone en el ojo del huracán. Es algo coyuntural, porque los temas de la Delegación del Gobierno están de rabiosa actualidad. Tenemos una repercusión en el resto del país, pero no me gusta tener el foco permanentemente sobre mí », añade.
Insiste Cifuentes en que no quiere estar constantemente en el ojo del huracán mediático. No es su estilo, afirma. Cuenta con un Departamento de Comunicación con poco personal, pero dirigido por una primera espada en esas lides, Marisa González , quien durante 23 años fuese directora de prensa de Alberto Ruiz-Gallardón .
«Ella mide que no esté todo el día en los medios», explica la delegada. De hecho, estos días no estaba en la «agenda» nada de lo que luego ha ocurrido. Era una de esas semanas en las que querían tener «congelada» a Cifuentes, en ese empeño de no sobreexponerla mediáticamente. Lo que ocurre es que no siempre se puede controlar todo al cien por cien.
«No me escondo»
La delegada del Gobierno, quizá por su dilatada experiencia como parlamentaria, es de a las que les gusta explicar y explicarse: «No tengo miedo a hablar a los periodistas. Cumplen con su obligación de informar. Entiendo que el ciudadano quiere explicaciones de las cosas que se hacen. No me escondo. A lo mejor a veces meto la pata y digo algo políticamente incómodo».
Es su estilo. No callarse cuando se le pregunta. Los periodistas que la siguen saben que en sus ruedas de prensa sobre asuntos policiales también contestará a otros asuntos, aunque no estén en el origen de la convocatoria. «Lo sé, pero es que el criterio es dar visibilidad a la Guardia Civil y al Cuerpo Nacional de Policía ; su trabajo hay que reivindicarlo. Soy consciente de que me he convertido en su cara», afirma sobre su «efecto llamada».
«No me escondo. A lo mejor a veces meto la pata y digo algo políticamente incómodo»
En círculos policiales de base se agradece esa empatía: «Nos gusta lo mucho que nos defiende», indica un inspector, mientras que un miembro de la Guardia Civil se sorprende del interés que pone en cada una de sus visitas a instalaciones, unidades operativas e incluso almuerzos y encuentros informales con funcionarios de ambos Cuerpos. Y no siempre ante la mirada de periodistas. En muchas ocasiones, acude a estas citas sin que la prensa lo sepa. Por ejemplo, a la unidad Canina de la Guardia Civil, al aeropuerto de Barajas, al centro de control del Red Eléctrica Española o las distintas oficinas de Extranjería, siempre en el ojo de la polémica por sus insuficientes dotaciones.
Pero ha habido dos especialmente significativas. La primera, a los pocos días de tomar posesión: acudió sin previo aviso al Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de la avenida de los Poblados. Unas instalaciones criticadísimas desde su puesta en marcha en 2005 y denunciadas por hacinamiento, pésima comida e incluso malos tratos. Allí estuvo, hizo el recorrido «no oficial» (es decir, por las zonas menos recomendables), comió el rancho y habló con algunos internos.
Visitas a Tabacalera
El otro singular ejemplo de su pisada del terreno real han sido las dos visitas que ha hecho al edificio de Tabacalera, un inmueble cedido temporalmente por el Ministerio de Cultura a los «okupas» de Lavapiés y que es señalado por la Policía como el cuartel general del movimiento «indignado» más radical.
Recorrió sus instalaciones, una exposición e incluso estuvo tomando algo en la barra del bar del «centro okupa». Hasta se hizo fotos. Quería saber de primera mano cómo se funciona allí. Nadie, por cierto, la reconoció, o al menos no se lo hicieron saber. La ciudadanía, la gente de la calle, cada vez más, la conoce. Hasta un grupo de rap canta: «Y una pelota de goma pa la cara de Cifuentes».
Un grupo de rap canta: «Y una pelota de goma pa la cara de Cifuentes»
Le gustaría poder volver a pasear tranquila por la calle de Fuencarral, aunque recientemente se la pudo ver, como una más, aplaudiendo en el Palacio de los Deportes durante un concierto de Serrat y Sabina , tras una reunión de delegados del Gobierno con la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría .
No quiere hablar del legado de sus predecesores. Sus tres antecesoras no fueron personas precisamente de alto perfil ni carisma. Soledad Mestre , fallecida hace unos meses, bregó con los primeros cupos de detención de inmigrantes y fue destituida por Rubalcaba . Amparo Valcarce , hoy diputada socialista en la Asamblea, se caracterizaba por no decir nada con contenido en sus apariciones públicas, la mayoría de ellas para presentar proyectos sufragados con el Plan-E; los temas de seguridad no estaban en su agenda de actos públicos, probablemente por aquello de que son mucho menos agradecidos electoralmente. Y Dolores Carrión , la delegada de la acampada de los «indignados» en Sol, apenas ocupó nueve meses el Palacio de Borghetto, en plena eclosión del 15-M.
El último delegado de Aznar, Francisco Javier Ansuátegui , lidió como pudo con un centenar de homicidios al año. Su frase «quien quiera seguridad que se la pague» le perseguirá toda la vida.
Sólo el socialista Constantino Méndez (que posteriormente fue secretario de Estado de Defensa), excelente gestor aunque de estilo más sobrio que Cifuentes, conoció tan bien la política de seguridad de 6,5 millones de madrileños.
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