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Las intrigas palaciegas se cuelan en la casa de los siete mil príncipes saudíes

La muerte del príncipe heredero reavivó las disputas en la cúspide octogenaria de los Saud. Y aunque el ministro del Interior, Nayef, se convirtió en el nuevo hombre fuerte del reino, sus hermanastros todavía siguen moviéndose entre bastidores

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FRANCISCO DE ANDRÉS

Resuelto de modo veloz por el rey Abdulá, el vacío creado por la muerte del príncipe heredero saudí, Sultán, se ha cerrado en apariencia con la designación del príncipe Nayef como nuevo «número dos» del reino . Lo expeditivo del proceso sucesorio no oculta una realidad inapelable: aún viven 20 de los 37 hijos del prolífico fundador, aspirantes directos al trono, y la mayoría ya no cumple los 80 años.

El rey saudí Abdulá bin Abdulaziz bin Saud, de 87 años, está enfermo y casi aparcado de la gestión del gobierno. Su hermanastro Nayef, de 78 años, no tardará mucho en acceder al trono, aunque ejercía ya de facto el mando en la superpotencia petrolera mundial antes de la muerte del heredero. Con la llegada oficial de Nayef al poder, todas las ramas del los Saud, la llamada casa de los siete mil príncipes, han entrado en ebullición para colocar a sus mejores vástagos en los puestos más influyentes del régimen.

El fallecido Sultán no tenía buenas relaciones con su hermanastro el rey. El príncipe Nayef cuenta con más predicamento en la camarilla real saudí, y así lo demuestra su larga trayectoria en la cartera clave en Arabia Saudí: la de Interior. Al frente de este ministerio, Nayef ha sido un duro sin fisuras. Machacó a los terroristas de Al Qaida entre 2003 y 2006, cuando la red del saudí Osama bin Laden declaró la guerra abierta a la monarquía Saud por su amistad con Estados Unidos. Encarceló a los liberales, antes de que se evaporasen las promesas de reformas democráticas hechas por Riad a Washington. Recortó las libertades de la minoría chií, considerada por el reino una quinta columna de Irán. Y promete ahora, como príncipe heredero, defender las esencias más radicales del islam, guardadas celosamente por el clero saudí wahabí .

Según la norma hereditaria, el poder absoluto debe recaer en uno de los hijos del fundador de la dinastía Saud. De los 20 aún vivos, son nueve los más cercanos en la línea sucesoria. Y de ellos, los que tienen más posibilidades son «los Sudairi», hijos de la esposa favorita del fundador.

Invertir en la familia

Nayef, el príncipe heredero, pertenece a ese club selecto. También son Sudairi el príncipe Salman, gobernador de Riad (76 años), y el príncipe Ahmed (70 años), viceministro del Interior. Salman es uno de los que a partir de ahora gana poder en el entorno real. Ha sido nombrado ministro de Defensa y Aviación de Arabia Saudí, un cargo que ocupaba el príncipe heredero fallecido y que dota a quien lo ejerce de un poder inmenso por los contratos multimillonarios de armamento que firma el reino. Los observadores lo consideran menos integrista que Nayef.

Éste se siente ya «monarca y defensor de los lugares sagrados de La Meca y Medina», y ha comenzado a situar a varios hijos en lugares estratégicos. Una de las novedades sucesorias establecidas por el difunto rey Fahd fue precisamente la apertura a los nietos para tratar de superar en algún momento la gerontocracia .

Nayef pensó primero en su hijo Mohamed, al que colocó en la cartera de Interior al frente de la lucha antiterrorista. Pero su favorito perdió prestigio por una torpeza. En agosto del año pasado, un suicida de Al Qaida hizo explotar una bomba que llevaba en el cuerpo mientras se entrevistaba con el príncipe Mohamed, después de hacerse pasar por «arrepentido».

Ahora las esperanzas de Nayef se centran en su hijo Miteb, de 58 años. El año pasado, el hoy príncipe heredero y ministro del Interior transfirió a Miteb el control de la Guardia Nacional, un cuerpo de élite responsable de la seguridad interna.

Entre los perjudicados en el nuevo movimiento de fichas de palacio se sitúa el consejero aúlico y hermanastro del rey, el príncipe Talal, de 80 años. Apodado «el príncipe rojo», sus flirteos de juventud en favor de una monarquía constitucional le han vetado toda posibilidad de acceso al trono. Su decisión de renunciar al consejo selecto que elige al rey —por su enemistad con Nayef— le convierte en el gran perdedor de la primera batalla palaciega saudí.

No todo es orégano

El príncipe Talal, que para romper la norma ortodoxa se ha divorciado tres veces en lugar de casarse con cuatro mujeres, como permite el Corán, tiene también sus debilidades hacia algunos de sus quince hijos. Pero su hijo mayor, Al Waleed, le está trayendo algunos quebraderos de cabeza.

Al Waleed, considerado por «Forbes» la fortuna número trece del mundo, tiene varios motivos de orgullo. Está casado con la bella princesa Amira, «la Rania saudí», muy activa en varias causas benéficas internacionales al frente de la Fundación Talal. Además de propietario del hotel Savoy de Londres, Talal pretende construir en Arabia Saudí la torre más alta del mundo. Pero tiene un caso abierto en España tras la denuncia de una joven modelo mallorquina, que afirma que fue violada por el magnate a bordo de un yate, cuando éste estaba anclado en Ibiza el 12 de agosto de 2008.

Otro hijo del «príncipe rojo», el príncipe Khaled, ofreció hace poco en una televisión saudí una recompensa de un millón de dólares a quien secuestre a otro soldado israelí para canjearlo por presos palestinos.

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