«Sukkwan Island»
David Vann. Ediciones Alfabia. Barcelona, 2010. 18 euros

La primera novela de David Vann narra las desventuras de un padre deprimido y su hijo adolescente en una isla desierta de Alaska. Demuestra, con una solvente mezcla de atrocidad y sutileza, que la confusión y la soledad ártica no son buenos aliados.
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En «Sukkwan Island» encontramos una doble caída al vacío cuyo itinerario plantea con brillantez dos engorros inmortales: el peso de la paternidad, que daña tanto al padre como al hijo, y la tentación del abismo. En la penitencia del padre podemos hallar reflejos de Dostoievski y en el terrible (y purificador) desenlace resuena Jack London y su «Martin Eden». También escuchamos, por supuesto, a la más antigua e ilustre tradición trágica, cuya voz resuena, sobre todo, en el patético peregrinaje final.

La calidad de esta novela se apoya en sólidos cimientos. El primero es una historia precisa, trazada con tipómetro, que inquieta desde la primera página y soporta con coherencia un giro brutal. Además cuenta con unos personajes espléndidos. Sería solo una eficaz novela gore si no la protagonizaran un padre y un hijo cuya lógica y sentimientos resultan creíbles incluso en los momentos más trágicos. Por si fuera poco posee una escritura puramente norteamericana, imbuida del poder de las tierras por descubrir, de espacios inabarcables que predisponen a la épica y a la perdición.
Prosa contenida y lírica
La de Vann es una prosa contenida y lírica, que recuerda a McCarthy pero, sobre todo, representa la mejor manera posible de afrontar los salvajes espacios de Alaska. Sin embargo, pese a la importancia de la pericia técnica, el mayor logro de Sukkwan Island es la abundancia de verdad (al menos de verdad narrativa, siempre tan mentirosa). Vann soportó el suicidio de su padre y sus palabras parecen nacer de la revancha, provenir del conocimiento profundo de la tristeza. La recreación del «horror vivido» en manos de auténticos narradores, capaces de sentir y distanciarse a un tiempo, suele deparar magníficos resultados. Así lo ha demostrado, por ejemplo, Giralt Torrente en su reciente Tiempo de vida.
Ssus palabras parecen provenir del conocimiento profundo de la tristeza
La voz elegida es una tercera que oscila entre los dos protagonistas, cuya fijación inicial por el hijo es responsable de la sospecha fundada de trampa. El apaño, en cualquier caso, sería de noble estirpe: combina el atrevimiento de Psycho, por la temprana supresion del personaje que sostiene el punto de vista, con el efectismo intelectualizado del Pez Platano salingeriano.
¿Es «Sukkwan Island» una novela moral? Si no lo fuera resultaría insoportable. De hecho el único alivio del lector es el hallazgo de una profunda llamada a la escucha del otro y a una bien entendida responsabilidad.
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