Si alguna vez ha subido al Empire State de Nueva York y ha tenido la sensación de haber tocado la cima del mundo, aún estaba muy lejos de hacerlo. El Burj Khalifa (o Torre Califa), con sus 828 metros, no sólo duplica al rascacielos estadounidense, sino que además está considerado como el edificio más alto del mundo, un record que ya alcanzó mientras se construía, en el año 2007, cuando superó a su rival hasta la fecha, la Torre Taipei 101, en la ciudad homónima.
El edificio comenzó a elevarse en septiembre de 2004 y finalizó en enero de 2010, un año después de lo previsto. En esas labores participaron más de 12.000 personas provenientes de 30 países y supuso una inversión de 1.500 millones de dólares y 500.000 tonaldas en materiales, donde sobresalen los más de 28.000 paneles de cristal que lo recubren. También es excepcional que una torre así albergue un sinfín de plantas residenciales ocupadas.
Una vez en Dubái tiene dos opciones, o contemplar su magnificencia desde el suelo (la torre se ve, de hecho, desde 95 kilómetros de distancia) o subir a su mirador, situado en la planta 124 (lo que supone escalar a unos 440 metros de altura, todavía 60 más de los que aporta el Empire). La gente prefiere el atardecer, pero hay que reconocer que, dado que Dubái no es una ciudad que destaque por su iluminación nocturna, las vistas son mejores por el día. Eso sí: los tickets se suelen agotar rápidamente, por lo que lo más recomendable es planificar la visita adquiriendo las entradas desde su web.
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El único hotel de 7 estrellas: Burj Al Arab
El Burj Al Arab es en realidad un hotel de cinco estrellas (eso sí, uno de los más sorprendentes del mundo), pero la cantidad de lujo que atesora hace que se haya apoderado de dos más, algo que nunca saldrá de la boca de sus gestores, el Jumeirah Group.
Desde luego, todo allí avasalla al visitante: De sus 321 metros de altura (es el tercer hotel más alto del mundo, tras el Rose Rotana, también en la ciudad, y el Ryugyong, en Corea), situado en una isla artificial a 270 metros de la playa en el Golfo Pérsico. Todas sus habitaciones (202 en total) son suites, y varían desde los 170 metros cuadrados, a la más grande, con una superficie de unos 780. Si tienen intención de alojarse aquí, vayan preparando la cartera: La habitación más barata no baja de los 2.000 euros la noche. Pero es que el servicio de transfer desde el aeropuerto se realiza en BMW o Rolls Royce, eso si no decide llegar en su helicóptero privado, ya que en el punto más alto del hotel se sitúa un helipuerto.
Pero hay formas de dejarse seducir por el edificio y no morir en el intento. Lo más fácil, hacer una reserva en alguno de sus restaurantes (los más impresionantes, el Al Mahara, debajo del mar, lo que ofrece una vista subacuática; y el Al Muntaha, a 200 metros de altura, que facilita una bella panorámica de la ciudad, ubicado sobre una plataforma voladiza). Lo más barato es preparar uns 90 euros y tomar el té. Y escaparse para ver uno de los lobbys más impresionantes del mundo, cuya decoración, como la del resto del inmueble corrió a cargo de la china Khuan Chew.
Las islas artificiales de Palmera Jumeirah
Intentó convertirse en uno de los emblemas turísticos de la ciudad, símbolo de su lujo desbordante, pero la crisis y la burbuja inmobiliaria frenó sus afanes expansivos. Aún así, Palmera Jumeirah es un impresionante conjunto de islas artificiales con forma de palmera compuesta por un tronco, diecisiete ramas y un semicírculo que actúa como rompeolas. El ambicioso proyecto contemplaba rematarse con otras dos palmeras más (Palm Jebel y Palm Deira), aún en el aire. Aún así, es hoy una de las zonas residenciales por antonomasia del país y del mundo, repleto de hoteles, donde destaca el Palm Jumeira o el Atlantis, sede del Aquaventure Water Park, el parque acuático más grande de la región.
La construcción de este hito arquitectónico comenzó en 2001 y se retrasó hasta 2008. En las obras se empleó arena y roca suficientes como para formar un muro de seis metros de altura con el que se podría dar tres vueltas a la Tierra, desplegados aquí en una superficie total de 31 kilómetros cuadrados.
Si uno quiere tomar una instantánea de Palm Jumeirah no le quedará otra que hacerlo desde el aire. Es fácil contratar una de esas excursiones que dan la posibilidad en helicóptero o hidroavión, o saltar en paracaídas para no perderse las vistas. Si no se es demasiado amante del riesgo, lo mejor es tomarse algo desde cualqueira de los bares panorámicos que ofrecen vistas al complejo, como el Sky Bar del Burj al Arab o el Marriott Harbour. La opción será más relajada, pero probablemente no mucho más barata.
Su puerto y su Historia
Dubái está estratégicamente situado en una ría natural que se adentra en la tierra y que ocupa una extensión de diez kilómetros. Un accidente geográfico que los griegos llamaron Zara y que supuso el origen de una ciudad que experimentó su verdadero crecimiento desde comienzos del siglo XX.
Es ahí donde debemos situar, por tanto, el centro geográfico e histórico de la ciudad, una zona conocida como el Dubai Creek, que bien merece una visita. En la actualidad, separa Deira de Bur Dubai, esto es, los dos barrios más antiguos de la urbe, cuyo cruce se puede realizar a través de puentes, un túnel o en barco. De hecho, este medio de transporte es ideal para conocer esta extensión desde el mar, en un paseo agradable y relajado.
En su tiempo, este emplazamiento llegó a ser uno de los puertos más importantes de la región, al que llegaban embarcaciones que comerciaban con Asia y África. Desde mediados del siglo pasado, el drenaje de toda la zona permitió el crecimiento del tráfico marítimo y de la capacidad comercial de Dubái.
Atrévase a pasear por el Creek para descubrir la esencia de Dubái, su pasado y su cultura alejada de influencias occidentalizantes.
Playas que nada tienen que envidiar a las del Caribe
La mayor parte de las playas de Dubai son privadas, pertenecientes a los grandes hoteles que se alzan a lo largo de su costa. Como no se puede dejar de disfrutar de ellas, hay dos opciones: o pagar por la entrada (el precio puede resultar elevado) u optar por alguna de las playas públicas, como Umm Suqeim, con las mejores vistas del Burj Al Arab, el «hotel de la Vela», o Open Beach, también llamada «la playa de los rusos», por la cantidad de ciudadanos de este país que la frecuentan.
El que opte por desembolsar dinero (el precio medio ronda los 25 eurospor día) descubrirá que el esfuerzo no ha sido en balde. Libre de las miradas de los curiosos, podrá además hacer uso de las instalaciones del hotel al que hayan pagado la entrada. Riva Beach Club (en la Palmera Jumeirah), el Club Mina (perteneciente al Sheraton) o Nasimi Beach (en el Atlantis), son algunas opciones.
Las playas de Dubái en nada tienen que envidiar a las caribeñas (y contienen algunas sopresas, como el baño separado por sexos o la posibilidad de descubrir cómo disfrutan del mar los musulmanes más conservadores). De hecho, en la actualidad son uno de sus principales reclamos turísticos, lo que hace que las grandes cadenas hoteleras se apresuren a abrir nuevos resorts en la zona que se aprovechan de las grandes extensiones de terreno y van cambiando con rapidez la fisonomía de la ciudad.
Esquiar a 45 grados
El Mall de los Emiratos, uno de los centros comerciales más grandes del mundo, esconde una sorpresa que dejará boquiabierto al más pintado: una pista de esquí cubierta que permite practicar este deporte de invierno en cualquier época del año, aunque en el exterior se alcancen temperaturas propias del infierno.
Su nombre es Ski Dubai y cuenta con más de 22.000 metros cuadrados de área esquiable, con cinco recorridos de diferente dificultad, el más largo de ellos, de 400 metros. el equipamiento es propiedad de la firma Majid Al Futtaim, el lider regional en grandes superficies.
Nieve real todo el año desde la que deslizarse a 85 metros de altura, con capacidad para 1.500 personas. Su sistema de aislamiento (no exento de críticas por los grupos ecologistas por el derroche energético que supone) permite mantener las pistas entre los -1 y -6 grados celsius, dependiendo de la hora del día.
Tocar el techo del cielo
Si por algo se caracteriza Dubái es por el desafío arquitectónico que se ha fijado. La torre de Burj Khalifa no es en absoluto la única proeza constructiva de una ciudad cuya personalidad se resume en buena parte en el sky-line que ha ido dibujando desde la tierra y hacia el cielo.
Aproveche su viaje para conocer algunos de los edificios más altos e impresionantes del planeta, algunos de los cuales llegan de dos en dos. Es el caso de las Twin Towers, que fueron las primeras torres características de Dubai. Estas se alzan majestuosas en la orilla del barrio de Deira. Las desafían en porte las Emirates Towers, uno de los símbolos más conocidos de la ciudad. Su arquitectura es parecida, pero rompen su equilibrio al haber sido diseñadas a diferentes alturas: una de ellas mide 355 metros. Es la que alberga oficinas. La segunda, algo menor (309 metros), es la sede del hotel de cinco estrellas Jumeirah Emirates Towers.
Hablando de hoteles, el Rose Tower es uno de los más altos del mundo y desafía a la gravedad desde sus 333 metros de altura. De hecho, es uno de los responsables de que el Hotel de la Vela, también en Dubái, «sólo» sea el tercer edificio en su género más elevado del planeta. El desafío constante a la verticalidad tendría que haberse materializado en 2020 en Dubái en la Torre Nakheel, que tendría que haber alcanzado los 200 metros de altura desde el centro del tronco de la Palmera Jumeirah. Un proyecto que la burbuja inmobiliraria paró.
Por supuesto, el desierto
Uno no puede estar en Dubái tan cerca del desierto y no atreverse a penetrar en él. Son muchas las empresas que se encargan de organizar safaris de un día con los que recorrer el que conecta la ciudad con Sharjah, a unos sesenta kilómetros de la capital.
Sucar las dunas en 4 x 4, ver el atardecer sobre las mismas o practicar el «sandboarding» son algunas de las actividades que el viajero puede realizar en un paraje tan excepcional como este, donde no le faltarán oportunidades para montar en camello, tatuarse con henna o disfrutar de las delicias gastronómicas de la región. Los más aguerridos pueden optar por esperar a la caída del sol. Disfrutar en la inmensidad de la noche de los cielos estrellados liberados de la contaminación lumínica y sonora de la gran ciudad es una de las experiencias más gratificantes que uno puede llegar a vivir.
El «milagro» de conservar las tradiciones
No cabe duda de que el descubrimiento de petróleo en la zona en el último siglo marcó un antes y un después en el desarrollo de Dubai. Pero su Historia se remonta a mucho atrás. De ello da buena cuenta el barrio tradicional de Bastakiya. Este área de antiguas casas sombreadas con bellos patios interiores son un ejemplo de la tendencia arquitectónica islámica de construir de fuera hacia dentro. Salen ahora al paso del viajero tiendas, galerías de arte y cafés que se amontonan en sus serpenteantes calles y que en su día fueron las ostentosas viviendas de ricos mercaderes.
Aquí tiene su emplazamiento el Museo de Dubai, fundamental para los que quieran conocer más sobre el pasado de la ciudad. Y la mezquita Jumeirah, la única a la que pueden acceder los no musulmanes. de impresionante arquitectura y que puede ser recorrida en visitas guiadas de una hora de duración.
Bastakiya esconde algunos interesantes zocos, como el de Bur Dubai (o de las telas), el de las especias, donde embriagarán al viajero sus colores y aromas, o el del oro, en Deira, hoy una acumulación pintoresca de joyerías. Reparemos en un cuarto, el Zoco Al Bahar, situado junto al Dubai Mall, donde arranca la Torre Burj Khalifa (el edificio más alto del mundo, con 828 metros de altura) y la Fuente de Dubai que, como no puede ser de otra manera, también es la más grande del planeta.
Una cocina genuina
Dubái es una ciudad en la que confluyen ciudadanos de las más variadas nacionalidades, y eso se refleja en su cocina y en sus restaurantes. Los más populares suelen están ubicados en hoteles y conviene tener en cuenta que, por lo general, son los únicos establecimientos con licencia para servir alcohol, como es habitual en los países musulmanes.
Los restaurantes más económicos son aquellos que ofrecen una excelente carta del subcontinente indio. Si se opta por la cocina internacional uno debe plantearse lo de preparar la cartera (sobre todo si está pensando en regar la cena con un buen vino o cualquier licor).
Cocineros famosos, como Gordon Ramsay y Marco Pierre White, han abierto restaurantes en Dubái. En algunos de sus establecimientos será preciso reservar con antelación. Pero si desea vivir una experiencia gastronómica diferente, merece la pena que disfrute de un crucero-restaurante a bordo de un tradicional dhow (embarcación típica de madera) en el Dubai Creek.
Planteémonos por un momento que el dinero no es un problema: entonces subamos a la planta 122 de la Torre Burj Khalifa para disfrutar de la cocina europea de At.Mosphere. En Ossiano (en el Hotel Atlantis), cuyas paredes son sustituidas por gigantes acuarios, no deje de pedir el «gazpacho de langosta». Pinchos morunos con otro sabor en Tribes (Mall de los Emiratos). Y una experiencia única: tomar algo debajo del mar en Al Mahara, en el Hotel de la Vela, el único del mundo con siete estrellas.