El sueño americano

 

El mar de Harlem

Nueva York, 7 de noviembre, 2008

Una frase remueve los escombros de la noche, enciende la conciencia del día, se asoma al “Palacio a las cuatro de la madrugada”, que es la hora en que me descubrí tumbado sobre la cama sin abrir, vestido, y con el despertador apagado junto a la almohada. Es decir, convertido en un personaje de la escenografía de Giacometti, que volví a ver esta mañana casi a solas, con el MoMA aún vacío de las hordas que lo están matando de éxito, gracias a Gema Álava Crisóstomo, que me permitió caminar por uno de los frágiles alambres, tendales, tendidos, sombras con los que dibuja su experiencia de esta hora y de Nueva York, donde va haciendo recorridos de metro entre Queens y Manhattan, entre Alderton Street y la calle 54, leyendo aislada y conectada al mundo, o haciendo dibujos de las sombras que proyectan los interiores e intersticios del metro en un cuaderno negro de tapas duras: dibujos a bolígrafo que son como láminas que van cayendo como caen las compuertas de una esclusa imaginaria: es decir, la del tiempo y nuestra escurridiza conciencia de lo que significa cuando (como teme Wislawa Szymborska) nos comportamos mal en el cosmos, no prestamos atención, y nos pasan por encima los convoyes y hacen trizas lo que pensábamos que todavía estábamos en condiciones de soñar, con tiempo de sobra para enderezar el rumbo, corregir la derrota, dejar de lado el autoengaño (lo apunta con su escalpelo Richard Ford en “Acción de Gracias”: “el hecho de decidir y al misno tiempo creer que no hemos decidido nos ofrece un secreto sobre nosotros mismos que resulta demasiado exquisito para no revelarlo. En otras palabras, nos encanta engañarnos descaradamente”), darse cuenda de en qué nos convierte la codicia, acumular lo que jamás podremos saborear, tener dos camas, dos coches, dos casas, dos almas... como si pudiéramos dormir al mismo tiempo en dos lechos diferentes, comer dos veces, conducir dos coches al unísono, y aplazar a placer la hora de la muerte. Me quedo pensando en el “Palacio a las cuatro de la madrugada” y en el despojo de los que duermen abrazados a sí mismos en las ventosas calles de esta ciudad, con conteras de hierro en las aceras, chaflanes afilados, charquitos de agua sucia, pegotes de chicle y de comida, ratas, ratones y ratoncitos.


“Sería bueno para la nueva Administración [es llamativo cómo, a pesar de su potencia de fuego y económica, el país no tenga nombre -Estados Unidos no es nada en realidad- y a su gobierno, acaso por reticencias de los padres fundadores sobre los abusos experimentados en la ya entonces vieja Europa, le llamen Administración] señalar de qué manera la ideología conservadora -la creencia de que la codicia siempre es buena- contribuyó a crear esta crisis. Lo que F. D. R. [Franklin Delano Roosevelt] dijo en su segunda toma de posesión -“Siempre hemos sabido que el insensato auto-interés era malo moralmente; ahora sabemos que es también malo para la economía”- nunca ha sido más verdadero”. El columnista Paul Krugman no pierde el tiempo y desde las páginas del “Times” anima al presidente electo a hacer gran política, a no ensimismarse, a no temer a sus críticos, a utilizar el gobierno para lanzar un nuevo “new deal” como el que impulso Roosevelt para sacar al país del atolladero de la Gran Depresión. Poraue, mientras tanto, la bolsa sigue despeñándose y los vendedores de armas y municiones hacen su agosto ante el temor de que el nuevo presidente restrinja el sacrosanto derecho a portar, comprar y almacenar armas.

 

En vísperas de emprender el viaje de vuelta a casa, cumplí con mis ritos de paso. Visité el cuarto de la meditación creado por Dag Hammarskjold, el mejor secretario general de las Naciones Unidas, muerto en un sospechoso accidente aéreo en África justo cuanto más involucrado estaba en impedir que el antiguo Congo Belga se rompiera en pedazos nada más iniciar su independencia. Como siempre, estaba vacío. Uno de los lugares más cargados de magnetismo de todo Nueva York, con su bloque de hierro y sus asientos de anea, tenuemente iluminado, permanecía desierto: abierto a escuchar el corazón atómico de la casa, y nuestra propia desazón, descubrimos allí lo que ya sabíamos: que somos incapaces de permanecer durante cinco minutos sentados en una habitación sin hacer nada, ese decir, respirando, dejando que la mente nos azote con un látigo de siete colas que no deja de proponer y buscar entretenimientos, excitaciones, vagones a los que saltar en marcha.

 

Ya bien entrada la noche, hice lo que me parecía una obligación estética y moral después del milagro del martes en Chicago y en toda la nación: peregrinar a Harlem, a la calle 125, al Showman´s donde tantos jueves de jazz y claqué para aficionados hemos disfrutado. Era también una forma de recordar a Henry Roth, que aquí vivió parte de su infancia y adolescencia, tras abandonar lo que hoy es Alphabet City, en pleno Lower East Side. El bullicio nocturno de casi todo el resto de Manhattan un viernes por la noche es aquí de otra estirpe, con una discreta vigilancia de tratantes apoyados en quicios y zaguanes umbríos, grandes coches con las lunas tintadas parados ante los colmados atronando el aire con el ritmo machacón de sus radios, policías que haciéndose visibles y comprando burritos o hamburguesas en los mismos locales que sus víctimas pretenden ser reconocidos como parte de la trama, y todo un resto flotante que está a la que salta.

 

Regreso en la línea 1, una de las rojas. Para ello he de encaramarme a la estación que se encuentra precisamente sobre la clave de bóveda del viejo viaducto de hierro. Me asomo a las barandillas de la parte no cobijada y vislumbro el mismo mar que recuerdo, tinta de calamar, antracita con sal, con islas llamadas McDonald y cosas peores, con coches que merodean, una ambulancia esperando clientes, mujeres solas que regresan de una larga jornada limpiando hospitales y oficinas y mujeres solas que van hacia otros menesteres. Sigue siendo el territorio de Ralph Ellison y su hombre invisible, de pintores como Jacob Lawrence, de músicos como Duke Ellington, de poetaas como Langston Hughes, que en su libro “The Big Sea” habla -mientras se encuentra en México-, de la extrañeza que le suscita la aversión que su padre sentía hacia su propia gente. El auto-odio que a veces genera violencia de los que lo padecen contra quienes se les parecen (espejo turbio del propio fracaso) o contra los otros (a quienes atribuir el propio fracaso). Obama puede empezar a romper ese maleficio, aunque también tendrá que atajar las causas económicas y sociales (no sólo las psicológicas) que traban a los negros, ajenos al vodevil del sueño, en el que me enredo, agotado, expulsado del Palacio a las cuatro de la mañana. Como un náufrago de una pieza que todavía no está escrita y que podría llamarse “El mar de Harlem”. Buenas noches. Buenos días.


Alfonso Armada

 

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