LA mayoría de ustedes no se habrá enterado porque es una noticia menor, de esas a las que nadie presta atención en verano. No tiene morbo, no hay sexo, ni corrupción. ¿Cómo va a competir con Michelle paseando por Marbella? Qué lástima que a la alcaldesa no se le haya ocurrido invitar a la primera dama a pasear en burro por las empinadas calles del pueblo. Eso sí que nos hubiera dado la portada del NY Times. Ni siquiera hay noble y ciega pasión, como entre los socialistas peleándose a dentelladas por ver a quién aplasta Esperanza Aguirre mientras se presume de respetar la autonomía de Madrid, esa autonomía en la que solo creyó Leguina y que hoy es un hecho diferencial incuestionable. Tan incuestionable, histórico y constitucional al menos como el Estatuto de Cataluña, aunque en esa parte del viejo Reino de Aragón gusten de mantener su visión romántica de un pueblo manchego habitado por aldeanos que se pasean en burro y matan toros en su tiempo libre.
Les aclaro ya que Geely no es un magnate americano de esos de las películas que firma un cheque mientras se fuma un habano rodeado de las guapas del lugar, escena que no me negarán hubiera tenido su aquél en una Suecia tan políticamente correcta como sorprendentes son sus escritores malditos, lectura obligada de playa y chiringuito. Geely es una empresa china, de la China que se sigue proclamando heredera de Mao, porque el Imperio es lo que cuenta y no la forma de ejercerlo, aunque ni Fidel ni Cayo Lara se quieran enterar. Eso sí que es una revolución cultural. Que una empresa china de automóviles completamente desconocida se quede con el símbolo de la tecnología europea del automóvil es la noticia del verano. Mucho más incluso que Telefónica aún tenga dinero y ganas de comprar Tuenti —una red social, una empresa virtual, una especie de bar de moda sin copas donde quedar a charlar— tras la aventura portuguesa. Porque Volvo no es una empresa más, es el símbolo del coche seguro, de la tecnología consciente y responsable, de la eficiencia energética, de la conciencia social y la preocupación ambiental. Es la divisoria cultural entre los americanos civilizados y majos y los horteras que conducen inmensos pick ups. Cuando yo vivía allí, si un pobre yankeequería ser aceptado en la comunidad de expatriados biempensantes tenía que hacer dos cosas: renunciar a la cerveza y comprarse un Volvo. Esa es la empresa con la que acaban de quedarse a precio de mercadillo, después de regatear durante un año, unos insensibles chinos que buscan reducir costes y ofrecer algo tan lamentable como un buen coche a bajo precio y sin más modernidades que las que usted esté dispuesto a pagar.
Dado que el presidente ha decidido sacrificarse por nosotros y no está de vacaciones, me atrevo a sugerirle que piense un poco, sin esforzarse demasiado, que estamos en verano y debe hacer mucho calor en Madrid, en lo que significa esta operación. Y que intente enmarcar sus reflexiones en los comentarios, educados pero ácidos, que nos dedica el último informe del FMI sobre la economía española. Como no tengo dos tardes que perder, se lo resumo en dos líneas. O cambiamos nuestra forma de producir, de preparar la mano de obra y de concebir el Estado como el Gran Benefactor, o nos espera como país el futuro de Volvo. Eso si tenemos suerte y algún chino se apiada de nosotros y decide comprarnos. Pero me temo que nuestro Timonel particular solo tenga tiempo para la encuesta del CIS. A ver qué nueva pendejada se le ocurre.