Si algo envidio a los norteamericanos es ese espíritu de superación que, a lo largo de la Historia, les ha vacunado contra todos los espejismos del igualitarismo dogmático. En 1906, el economista alemán Werner Sombart se preguntaba por qué el socialismo no había fraguado en los Estados Unidos y se contestaba que allí «el roast beef y la tarta de manzana acabaron con todas las utopías socialistas». De esto no me he enterado yo por mi cuenta, sino a través de una brillante reseña de Miguel Requena, catedrático de Sociología de la UNED, a quien debo, por cierto, el titulo de este artículo.
El pueblo estadounidense siempre ha tenido una fe inquebrantable en la prosperidad individual y nunca ha necesitado un gobierno de salvación. O sea, lo contrario de esa España boquiabierta que votó a Zapatero con el estómago lleno y ahora, con la casa embargada y el hambre planeando en el horizonte como una gaviota, se pregunta en qué ha consistido el zapaterismo prodigioso, de qué sirve un derecho cuando no hay quien lo ejerza, a qué trampa conducen los procesos, a cuánto sale el kilo de ardor identitario, y a qué saben los sueños, cuando se quedan tiesos.
No nos iba tan mal hace unos años. Pero aquí hemos querido tenerlo todo a juego: la visa, la hipoteca, el rencor y el armario. Como el que mucho abarca, poco aprieta, y el humo que se cuela por la puerta tiende a salir después por la ventana, me temo que hemos hecho un pan como unas tortas.
Que digan los obreros, parados, pensionistas si, entre quienes gobiernan, ven a algún socialista. Quiero decir alguno verdadero. Yo, desde mi buhardilla, sólo veo que donde todos pierden, nadie gana. Y que hemos renunciado, por un mal socialismo, al roast beef y a la tarta de manzana.