El mexicano Julio Torri veía en la bicicleta un vehículo propio para misántropos, para orgullosos, para insociables de toda laya: «El ciclista es un aprendiz de suicida», y entre los peligros que lo amenazan citaba a los perros, «enemigos encarnizados de quien anda a prisa y al desgaire», y a los guardias, «que sin gran cortesía recuerdan disposiciones municipales quebrantadas». No es, desde luego, el caso de Madrid, donde nunca se ha visto a un guardia recordarle a ningún ciclista de acera, que son todos, que la bici es un vehículo sometido a las normas de circulación establecidas por la Ley de Seguridad Vial y la ordenanza municipal. ¿Por qué? Primero, porque los ciclistas constituyen un grupo de presión, y los peatones, no. En Madrid, constituir grupo de presión consiste en disponer de un voceras capaz de llamar «facha» a Gallardón, que ya renunció a los maceros y a la vara de alcalde por tratarse, ay, de símbolos franquistas. Antes de que le llamen «facha», Gallardón se gasta lo que no hay en un carrill-bici inútil, pues los ciclistas prefieren rodar por la acera, entre los perros y las viejas, para liberar adrenalina. Un amable lector, Matilla Prieto, ciclista urbano desde 1973, nos amplía los motivos del gallardonismo retro-progre: la idea-talismán de sostenibilidad que se ha instalado en el discurso de valores dominantes, propiciando el retorno a un modo de desplazamiento irrelevante para el cambio climático y para la congestión urbana. Nuestro amigo ciclista es contrario al servicio municipal de préstamo de bicicletas, pues sabe que, con el pretexto de facilitar la movilidad de la gente, los políticos se revisten de un moderno aire ecologista que estiman favorable para su imagen pública. Ahí está el concejal Calvo, objetor de conciencia en la mili y Manolo del bombo de las bicicletas en el Ayuntamiento, dispuesto a que los peatones se maten con los imbéciles del pedal con tal de parecer campeón de la modernidad.
«La entrevista de Aznar ha sido un dedo en el ojo de Rajoy»
Carlos Herrera